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MDP Archivo 2008 Julio 08


Mensaje de Paz, edición de julio de 2008

Índice
¿Religión o vida?
Las manchas del leopardo
Cómo obtener la revelación en mi vida
Serie Biblia XXXIX: Zacarías
Mi encuentro con Dios
Compartiendo el regalo más grande
Descargar la versión PDF de Mensaje de Paz
Ir a la Sopa de letras "La salvación que Dios ofrece"
Descargar la versión PDF de Rescatados

¿Religión o vida?

La mayoría de las religiones se basa en la idea que el hombre debe hacer algo para acercarse al Ser supremo. Con ceremonias o sacrificios se trata de apaciguar la divinidad o de adentrarse más en lo espiritual. Todo esto con la finalidad de ser salvos, protegidos o liberados en este mundo o en el venidero.

La situación de los creyentes en el Evangelio es completamente diferente. Nuestro motivo de adoración o servicios no es por alcanzar algo, sino es la expresión de gratitud por lo que ya hemos recibido. Tenemos el perdón y la salvación por medio de Jesucristo.

El culto que nos corresponde rendir a Dios es sencillamente la expresión de nuestro agradecimiento. Nuestra vida cotidiana es la oportunidad de darle gracias y celebrar su grandeza.

Por naturaleza todos éramos enemigos de Dios, separados de él por nuestros delitos y pecados (Colosenses 1:21; Efesios 2:1). Ahora Dios manda a todos los hombres que se arrepientan (Hechos 17:30). "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad (1 Juan 1:9). El Señor Jesucristo puede perdonar pecados porque ya pagó con su propia vida el castigo de ellos.

Ahora nuestro amor, que se expresa en alabanza, es la respuesta precisa al suyo. "Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero" (1 Juan 4:19).

Con la publicación de la presente edición quisiéramos incitar a un número mayor de lectores a que se conviertan al Señor Jesucristo. Cambiarán su deuda espiritual - que es producto de toda religión - por la riqueza que ofrece el Señor. "En Cristo tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia…" (Efesios 1:7).

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Las manchas del leopardo

El pecado es definido por muchas personas como hacer algo malo como robar, mentir, matar u otras cosas. Y eso está bien, pero la Palabra de Dios nos da una visión del pecado que va más allá de ese conocimiento. Génesis 4:7 dice: "Si hicieras lo bueno, podrías andar con la frente en alto. Pero si haces lo malo, el pecado te acecha, como una fiera lista para atraparte. No obstante, tú puedes dominarlo".

Si hago lo malo el pecado está como una fiera que anda alrededor queriéndome atrapar, pero tengo la posibilidad de andar con la frente en alto. Jesucristo dijo: "Yo he venido para deshacer las obras del diablo".

El diablo es quien tienta para que las personas cometan pecados, y los humanos estamos tan acostumbrados a hacer el mal que caemos fácilmente. Somos como un leopardo que no puede deshacerse de las manchas de su piel. Como dice la Biblia en Jeremías 13:23: "¿Puede el etíope cambiar de piel, o el leopardo quitarse sus manchas? ¡Pues tampoco ustedes pueden hacer el bien, acostumbrados como están a hacer el mal!"

Ah, dirá alguien, yo no peco, nunca miento, ni robo y mucho menos mato ni a un mosquito. Sin embargo, el enemigo sabe sobre qué cosas tentarnos, no lo hará sobre aquellas que no somos capaces de hacer. Siempre hay algo que preferiríamos mantener oculto al mundo.

Recuerdo un cortometraje que vi una vez en TV: un bromista hacía llamadas telefónicas anónimas a cualquier persona sólo para decirles: "yo sé lo que hiciste". Obviamente la reacción de la gente que atendía en algunos casos era muy graciosa, pues antes de que les dijera qué era lo que sabía, respondían: "está bien, te doy lo que pidas, pero no digas nada". En otras, la reacción era primero de asombro, pero después cuando pensaban en ese pecado que una vez hicieron y que creían estaba sumamente oculto, y descubrían que habían sido vistos por ese desconocido del teléfono, su vida empezaba a convertirse en una paranoia de persecución. ¡Su pecado se había transformado en una fiera lista para atraparlo!

Sí, claro, eso es ficción, es un alivio que nadie llame anónimamente para decirnos eso. Sin embargo hay alguien que sabe perfectamente no sólo lo que hicimos en oculto, sino también lo que pensamos en lo profundo de nuestro corazón y las intenciones en cada acto de nuestras vidas. Es Dios. Pero todo lo que él sabe de nosotros no lo utiliza para perseguirnos y hacernos vivir en completo temor. Su deseo es que seamos liberados de ese pecado que amenaza nuestras vidas como león rugiente, recibiendo a Jesucristo en nuestro corazón. Y si bien el leopardo no puede deshacerse de sus manchas, la Palabra de Dios dice que aunque nuestros pecados fueren rojos como el carmesí, él los hará como blanca lana.

Te invito a aceptar a Jesucristo en tu corazón. Dile: Señor te acepto como mi salvador personal, límpiame de ese pecado oculto, líbrame del mal y hazme vivir una vida como la que prometiste a todos los que te aceptaban como su Señor. Te recibo en mi corazón, amén. - ¡Dios te bendiga!

Hugo Alberto Díaz

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Cómo obtener la revelación en mi vida

Nacer es importante; pero es necesario que toda nueva vida crezca y se desarrolle y que produzca frutos. De igual manera en la vida espiritual no bastaría con haber nacido de nuevo, para permanecer eternamente "bebés espirituales". Dios nos amonesta por medio del Apóstol: "De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Os di a beber leche y no vianda; porque aún no erais capaces, ni sois capaces todavía, porque aún sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales?" (1 Co 3:1-3).

Nos enorgullecemos de nuestros milagritos, de nuestros éxitos, de nuestras riquezas; e indefectiblemente nos comparamos con el vecino, salpicándole con la mortífera baba de la crítica, cuando no de la calumnia… argumentando que es el celo de Dios lo que nos mueve. ¡Qué ilusión!

Cuando los discípulos preguntaron al Señor, quién era el mayor en el reino de los cielos, tuvieron por respuesta esta reacción: "Llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: De cierto os digo que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así que cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos. Y cualquiera que reciba en mi nombre a un niño como éste, a mí me recibe" (Mt 18:2-4). Cristo alabó a su Padre a causa de estas personas. "Te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó" (Mt 11: 25-26).

Ser un "niñito" en el sentido en que aquí se usa, significa para Dios, estar plenamente dependiente de Él, lo mismo que todo niño lo está de sus propios padres terrenales. Depender de Dios es la condición absolutamente necesaria para que Dios se revele a nosotros mediante el conocimiento de Jesucristo.

¿Cómo es esto? La Palabra de Dios nos lo explica: "Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil y ligera mi carga" (Mt 11: 27-30).

¿No querremos amar a Jesús que nos ha amado primero? Será entonces Él quien nos explicará en qué consiste la "revelación de su persona".

En San Juan 14: 21-23 el Señor llega al fondo de esta cuestión cuando dice: "El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré a él". A la pregunta de por qué se manifestaba a ellos y no al mundo, les respondió: "El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada con él".

¡Ahí está el misterio! La Trinidad Divina viene a hacer su morada en ti, en el mismo momento en que abriendo las puertas de tu corazón, la dejas entrar; para ello hay que hacer tabla rasa de tus razonamientos, de tus caprichos… y dejar tu vida en las manos de tu Creador, para que Él te moldee y te utilice de acuerdo con Su voluntad. ¡Señor Jesús: yo vengo a ti, tal cual soy, para obtener el perdón, el poder, la perfección y la revelación, hasta el día en que te veré tal cual eres!

Ven. Señor Jesús, ven pronto. Amén.

B.L. Alonso Díez

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Serie Biblia XXXIX

Zacarías

Zacarías, cabeza principal de una familia sacerdotal, regresa a Jerusalén después de haber sufrido el destierro en Babilonia. Su labor profética la desarrolla entre los años 520 y 518 a.C.

Es el profeta que con mayor claridad y detalle describe la entrada victoriosa de Jesucristo en Jerusalén (9:9).

La primera parte del libro utiliza el simbolismo para exhortar al arrepentimiento y conversión del pueblo repatriado, así como exalta el amor y la misericordia de Dios para con Jerusalén. Su mensaje anima a la reconstrucción del Santuario de Dios y a la práctica del ayuno (capítulos 1-8).

La segunda parte (9-14) proclama al Señor como defensor de su pueblo y de Jerusalén, anuncia la reunión de todos los que estaban esparcidos en diversos lugares, la anexión a Israel de los pueblos paganos y el reinado definitivo de Dios.

Este libro puede dividirse en diez partes, a saber:

1. Exhortación al arrepentimiento (1: 1-6)

2. Visiones simbólicas (1:7 - 6:8)

3. Coronación simbólica de Josué (6: 9-15)

4. El ayuno (7:1 - 8:23)

5. Profecía contra las naciones vecinas (9: 1-8)

6. El futuro Rey de Sión (9: 9-17)

7. Jehová redimirá a su pueblo / Unión de Judá y Efraín (10:1 - 11:3)

8. Los pastores inútiles (11:4-17)

9. La liberación de Jerusalén (12:1 - 13:9)

10. Jerusalén y las naciones en el día de Jehová (14: 1-21)

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Mi encuentro con Dios

Nací en la Anatolia Oriental (Turquía), no muy lejos de las cumbres nevadas del monte Ararat. Mis padres, muy pobres, soñaban con hacer de mí un "hodja", alguien que enseña el Islam. Asistí a clases en diferentes escuelas y a los veinte años volví a mi aldea como hodja. Pero tenía dudas; y para no ser hipócrita tuve que abandonar mi función y huir a la ciudad. Luego viajé a Alemania donde encontré trabajo; desde entonces he podido ganar mi propio sustento y el de mis padres.

Después de ocho años encontré a un cristiano que me dio un Nuevo Testamento. Al leerlo comprendí que Dios deseaba que me volviera a él y que abandonara mi vida de pecado. Pero en mí se elevaba una voz que me decía: "No necesitas convertirte, no eres pecador". Sin embargo, mi inquietud crecía. ¿Qué ocurriría si tuviera que comparecer ante Dios en ese mismo instante?

Durante seis meses esa pregunta dio vuelta en mi mente. Una noche, todo estaba silencioso a mi alrededor. Desesperado, presa de ideas suicidas, me dije: "¡Ahora o nunca!" Abrí mi Biblia y leí estas palabras de Jesús: "Nadie viene al Padre sino por mí". Angustiado me puse de rodillas e imploré en alta voz: "Jesús, quiero acudir a ti; viniste a esta tierra para morir por mí también. ¡Por favor, perdona mis pecados!"

Entonces me levanté como un hombre nuevo. Un profundo gozo remplazó mi desesperación.

© Editorial La Buena Semilla

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Compartiendo el regalo más grande

Una de las mayores alegrías que puede tener un joven creyente espiritualmente saludable radica en compartir con otras personas el mensaje de salvación del Señor Jesucristo. La base de esta alegría es que el joven cristiano sabe por propia experiencia que el mensaje de Cristo es verdadero y eficaz debido a lo que el Señor ha hecho en su propia vida. Los apóstoles Pedro y Juan explicaron esto muy bien diciendo: "No podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído" (Hechos 4:20).

Sin embargo, es cierto que en ocasiones podemos sentirnos desanimados al intentar compartir el Evangelio. Aunque sabemos que Cristo es la respuesta, a veces simplemente nos desalentamos al considerar lo alejados de Dios que están nuestros amigos y familiares. Así y todo, incluso en un mundo hostil al mensaje del Señor, no podemos dejar de contar a todos la verdad del mensaje de Cristo. Por ello debemos recordar siempre algunos puntos importantes:

La efectividad del mensaje radica en la Palabra de Dios, no en nuestro poder de convencimiento. Es decir, debemos hacer a un lado toda incredulidad y duda de nuestra parte. Al hablar del amor de Dios y de su mandato de que todo ser humano se arrepienta y se entregue a Él, no podemos confiar en la fuerza de nuestras razones. Hablamos de Cristo por las virtudes y por el poder que Él tiene para cambiar a las personas.

Compartir el Evangelio implica someternos visiblemente a la Palabra de Dios. Ciertamente cuando hablamos del amor de Dios nos comprometemos de forma tácita a caminar en obediencia a Dios. Las personas, y muy en especial los jóvenes, quieren ver que en verdad vivimos lo que predicamos, y tienen derecho a hacerlo. No obstante, debemos evitar caer en la trampa de sentirnos "perfectos" antes de hablar a otros de Cristo. Pero debemos ser honestos y esforzarnos en caminar de acuerdo a la Palabra del Señor, para evitar ser tropiezo a las personas que escuchan el mensaje.

Debemos compartir el evangelio dejando a un lado cualquier preocupación que nos distraiga. Conozco cristianos sinceros que, por ejemplo, tienen temor de compartir el evangelio por causa de las congregaciones a las que asisten. Debido a que estos creyentes no están del todo satisfechos con sus propias iglesias dicen: ¡Cómo me gustaría que este amigo aceptara a Cristo en su corazón y recibiera la salvación, pero que no venga a mi iglesia! Debemos dejar de lado toda excusa y todo aquello que nos impida compartir el Evangelio con quienes aún no han recibido el regalo más grande: ¡La salvación que Dios entrega por Su gracia a todos aquellos que se acercan a Él por fe!

Es tiempo de dejar de lado nuestros temores y dudas. La gracia de Dios que nos salvó tiene el mismo poder para salvar a nuestros familiares, conocidos y amigos que aún no han entregado sus vidas a Cristo. Recordemos que es el Espíritu Santo, no nuestros argumentos, quien atrae a las personas a Cristo. El Señor Jesús dijo del Espíritu Santo: "Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio" (Juan 16:8). ¡Convencer a los no creyentes es trabajo del Espíritu!

Oremos para que Dios nos ayude a compartir nuestra fe todos los días con una persona por lo menos. Digamos con el apóstol Pablo: "Pues si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme; porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio!" (1 Corintios 9:16)

Finalmente, recordemos cada día el siguiente pasaje de la Palabra de Dios: "Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!" (Romanos 10:14-15)

José Yelincic

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