MDP Archivo 2010 Marzo 10
Mensaje de Paz,
edición de marzo de 2010
El poder de la lengua
Todos tropezamos de muchas maneras. Si alguno no tropieza en lo que dice, es un hombre perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo. Ahora bien, si ponemos el freno en la boca de los caballos para que nos obedezcan, dirigimos también todo su cuerpo. Mirad también las naves; aunque son tan grandes e impulsadas por fuertes vientos, son, sin embargo, dirigidas mediante un timón muy pequeño por donde la voluntad del piloto quiere. Así también la lengua es un miembro pequeño, y sin embargo, se jacta de grandes cosas. Mirad, ¡qué gran bosque se incendia con tan pequeño fuego!
Y la lengua es un fuego, un mundo de iniquidad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, la cual contamina todo el cuerpo, es encendida por el infierno e inflama el curso de nuestra vida. Porque todo género de fieras y de aves, de reptiles y de animales marinos, se puede domar y ha sido domado por el género humano, pero ningún hombre puede domar la lengua; es un mal turbulento y lleno de veneno mortal. Con ella bendecimos a nuestro Señor y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que han sido hechos a la imagen de Dios; de la misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así.
¿Acaso una fuente por la misma abertura echa agua dulce y amarga? ¿Acaso, hermanos míos, puede una higuera producir aceitunas, o una vid higos? Tampoco la fuente de agua salada puede producir agua dulce. - Hasta aquí el texto de la Biblia, Stg. 3: 2-12.
Con esta edición queremos invitar e instruir a usar positivamente la lengua, como dice también Efesios 4:29: "No salga de vuestra boca ninguna palabra mala, sino sólo la que sea buena para edificación, según la necesidad del momento, para que imparta gracia a los que escuchan." O Proverbios 25:11: "Como manzanas de oro en engastes de plata es la palabra dicha a su tiempo."
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Rectifica… ¡estás a tiempo!
Una palabra fuera de tono... Un gesto inadecuado... Un detalle delatador... Una reacción hostil... Un silencio demasiado largo...
Tantas reacciones que, ocasionadas por el orgullo, la falta de amor, las frustraciones no resueltas o simplemente nacidas del fruto de un carácter indomable, han roto relaciones humanas y han dejado heridas incurables que perduran hasta el infinito.
Despleguemos unos pocos ejemplos muy familiares de este tipo de situaciones:
El padre que lleva largos años sin saber de un hijo, causado por un "no sé que exactamente" ocurrido en una confusa noche de discusión y que no se aclaró jamás.
El esposo que, tras un duro día de trabajo y un malhumor acumulado, dejó la casa familiar tras unas palabras de discordia con el propósito de hacer daño y no para comunicar.
El hijo, empapado de orgullo juvenil, rompiendo el corazón arrugado de trabajo de una madre paciente pero con sus límites en consentimientos.
Y un sinfín de historias que podemos encontrar tras cada puerta de hogar en cualquier ciudad del país. Millones de relatos que han forjado en el ser humano huellas incrustadas hechas de amargura y culpa, oscureciendo más aún el nublado cielo de la vida en la tierra de sus ocupantes humanos.
Una simple rectificación
Sin embargo la solución puede ubicarse en una simple rectificación, sea o no a tiempo, pero materializándose a fin de cuentas. Permitirá echar abajo los altos muros levantados por situaciones muchas veces sin base alguna, pero que han mantenido separadas a las personas amadas entre sí durante largo tiempo o quizá una vida entera.
Con sólo dejar de lado "mis buenas razones" en favor del amor, conseguiremos reventar la presa que impide que fluyan las aguas frescas del gozo de relaciones felices. Con la valiente actitud de dejar de lado el orgullo que domina mi voluntad, y ofrecer esta mano abierta en lugar del puño cerrado, se hunden montañas elevadas que separan dos valles deseosos de encontrarse.
Una rectificación puede traer tantas cosas positivas y ninguna negativa. Pues contra el amor no hay ley alguna (Gálatas 5:22-23).
Una relación aún más prioritaria
La Biblia cuenta en el Evangelio de Lucas 15:11-32 una historia de un hijo que, tras exigir su parte de la herencia familiar, se fue a vivir su propia vida lejos del hogar familiar, dejando abandonado a un padre entristecido por la prematura y dolorosa separación. Tras un tiempo de divertida vida, y con la consecuente pérdida paulatina de los recursos económicos, ese hijo se vio envuelto en una vida truncada y miserable. Fue entonces cuando recordó el amor del hogar que había dejado tiempo atrás. Volvió a ver el rostro de su padre y se sintió incapaz de arrepentirse y volver al lugar del cual nunca debía haber salido. Tras pensárselo mucho, por fin tomó la valiente decisión de regresar en dirección a la casa paterna. Allí, en lugar de recibir reprimendas, fue colmado del amor de los suyos. La felicidad volvió a su vida con la simple actitud de RECTIFICAR sus errores.
Hace tiempo, una relación similar se rompió entre el Cielo y la Tierra. El Padre es Dios, y el hijo somos tú y yo. Para la gran mayoría, la ruptura sigue siendo realidad, mientras que el Padre está esperando sin ningún rencor a que muchos de sus hijos vuelvan a la casa por el único camino posible. Cristo es ese camino que permite un reencuentro único e insustituible con Dios.
Un reencuentro
Si rectificas y tomas el camino de vuelta a Dios, en los pasos de Jesucristo, alcanzarás con toda garantía el hogar paterno que nunca tenías que haber dejado. Es urgente que tomes una decisión, pues la prioridad es máxima, y el tiempo incierto.
El Padre sigue observando desde la puerta de la casa, si a lo lejos puede alcanzar a ver la silueta de tu persona, para poder empezar a preparar la fiesta de bienvenida.
Jesús promete lo siguiente: "Yo estoy a la puerta [de tu corazón] y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él y él conmigo" (Apocalipsis 3:20). ¿Cuando vas a rectificar?
Daniel Abad, Heraldo del Pueblo n° 233 (adaptado)
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Nuestras alternativas al ser reprendidos
La reprensión
El apóstol Pablo dio el siguiente encargo a Timoteo: "Te suplico encarecidamente delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su Reino, que prediques la palabra y que instes a tiempo y fuera de tiempo. Redarguye1), reprende, exhorta2) con toda paciencia y doctrina..." (2 Ti 4:1-2), y a Tito: "Esto enseña, exhorta2) y reprende con toda autoridad. Nadie te menosprecie" (Tit 2:15).
Ser cristiano auténtico no significa solamente conocer la doctrina bíblica, como un matemático memoriza sus fórmulas. Nuestro ser entero debe realizar los planes de Dios. Lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos, todo debe ser dirigido por Dios mismo.
Sí, es necesario que la Palabra de Dios alcance nuestra mente; de allí viene el encargo de predicar la palabra. Pero debe penetrar también a nuestro corazón para controlar nuestras intenciones; para esto es necesario que el ministro insista, a tiempo y fuera de tiempo. Quiere decir, independientemente si agrada o no. Además, cuando nuestro comportamiento no es idóneo, hace falta la corrección. Y cuando viene a faltar la perseverancia es necesaria la exhortación. - Todas estas "participaciones" vamos a llamar reprensión, en este artículo.
Un problema consiste en que estas reprensiones no llegan siempre (casi nunca) en el momento oportuno, y tampoco son dichas de manera agradable o profesional. Lo que es el colmo, son impartidas por personas imperfectas, a veces antipáticas.
Dios quiere que sea así, ya que no dejó el ministerio de la reprensión sólo a los "responsables" sino a todos. Dice: "Considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y las buenas obras... exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca" (Heb 10:24-25). Quiere decir que cuanto más nos acercamos a la venida del Señor, tanto más debemos animarnos mutuamente y también compartir y recibir reprensiones.
Reprender al otro, debe efectuarse con paciencia, ya que nadie puede asimilar una nueva visión o una corrección en el mismo instante. Todo requiere tiempo y ulteriores explicaciones. Además debe ser „con doctrina". Mucho ya se ha criticado al prójimo sobre la base de ideas personales, pero esto es muy malo y dañino. De lo contrario, cada comunicación debe basarse en la verdad central del Evangelio y tener la finalidad de incentivar los dones y el servicio en el otro.
En este texto, pero, cuestionamos la propia reacción frente a la reprensión recibida, y frente a la persona que la transmite. Tenemos varias alternativas:
Ofenderse
Si nos quedamos ofendidos, en nuestro corazón damos espacio al malhumor y al pecado. La causa de tal reacción es la propia presunción. Este orgullo, quizá, tiene la apariencia de humildad pero está envuelto en un grueso complejo de inferioridad.
Rehusar o ignorar
Rehusar o ignorar una corrección es una reacción muy estúpida, ya que quizá rechaza la única ocasión para mejorarse en ese aspecto.
Si alguien desea tener el don de discernimiento de espíritus, que se fije en este detalle: "Pero la sabiduría de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, condescendiente…" (Stg 3:17). Esto quiere decir que la persona que es guiada por el Espíritu de Dios es siempre humilde y dispuesta a comprender al otro.
Vengarse o tomar represalias
Ya Salomón dijo: "El que corrige al burlón se gana que lo insulten; el que reprende al malvado se gana su desprecio. No reprendas al escarnecedor, para que no te aborrezca…" (Pr 9:7-8). Pues, mi reacción a la reprensión, al mismo tiempo es el espejo de mi vida espiritual. Acumular rencores, odios, acusaciones, sentimientos de venganza etc. es una obra diabólica.
Estar agradecido y corregirse
"Corrige al sabio, y te amará. Da al sabio, y será más sabio; enseña al justo, y aumentará su saber" (Pr 9:8-9). La actitud del salmista es envidiable cuando dice: "Que el justo me castigue, será un favor, y que me reprenda será un excelente bálsamo que no me herirá la cabeza…" (Salmo 141:5).
Aceptar una reprensión conlleva varias ventajas: Aumentaré mi saber y mejoraré mi comportamiento. Por consiguiente, más personas tendrán menos problemas conmigo. Además reconoceré que la persona que me reprende no está en contra de mí, sino en mi favor. Tendré también la paz con Dios. Sabré haber cumplido con la exigencia, y hecho lo difícil que quizá ningún otro se atreve a hacer. - Pero cuidado, esta "paz conmigo mismo", ya podría dar motivo a la próxima exhortación: ¡Que seas humilde! "Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos" (Lc 17:10).
Conclusión
El cuerpo de Cristo - la iglesia - puede funcionar únicamente cuando sus miembros se completan y se perfeccionan mutuamente. - Mi hermano, mi hermana: ¿he logrado con este texto animarte a exhortar al hermano, y a recibir sus exhortaciones? Espero que sí.
Juan
1) Redargüir: Convertir el argumento contra el que lo hace.
2) Exhortar: Inducir a alguien con palabras, razones o ruegos a que haga o deje de hacer una cosa.
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Serie Biblia LII
Carta de Pablo a los Filipenses
Esta carta se dirigió a la iglesia más antigua de Europa, y la redactó el apóstol Pablo desde su cautiverio (1:7, 14, 17). Pablo se halla bajo la vigilancia de la guardia pretoriana (1:13); transmite los saludos de los santos pertenecientes a la casa del César. Estas alusiones y el hecho de que en el lugar en que está Pablo hay numerosos cristianos (1:14-18) deja suponer que redactó esta carta durante un encarcelamiento en Roma.
La carta había sido escrita como acuse de recibo del don de los filipenses, enviado por medio de Epafrodito (4:10). El apóstol aprovecha esta ocasión para dar noticias suyas a los filipenses y también arrojar luz sobre la situación y su estado de ánimo. Esta epístola constituye el mensaje de un pastor a su grey. A diferencia de otros casos, esta epístola no tenía como motivo una crisis en el seno de la iglesia.
El mensaje espiritual de esta carta es de gran riqueza. Trata dos temas particularmente relevantes: el gozo, en manera explícita (1:4, 18, 25; 2:2, 17-18; 3:1; 4:1, 4) y lo mejor, con frecuencia en forma implícita (1:10, 12-14, 21-24; 2: 5-11; 3: 4-8, 11-14, 20; 4:8). Todo lo que es bueno desde el punto de vista de los valores meramente humanos viene a ser como basura en comparación con "la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús (3: 4-8).
Esta carta puede dividirse en cuatro partes, a saber:
1. Introducción (1:1-11)
2. Vivir en Cristo (1:12 - 2:18)
3. El ministerio de Pablo (2:19 - 3.21)
3. Gozo y gratitud (4:1 - 20)
4. Salutaciones finales (4:21-23)
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Considerémonos unos a otros
Unas semanas atrás en nuestra Universidad se dio una situación muy especial entre los estudiantes.
Había tenido lugar una mesa redonda en el aula magna sobre el tema de "ética y pedagogía" con mucha concurrencia por parte de estudiantes y profesores. Al día siguiente la discusión se reanimó entre los estudiantes sobre la paradoja que una pedagogía "científica" debe ser neutral en cuanto a valores éticos y religiosos, y al mismo tiempo debería enseñar una ética "de responsabilidad". ¿Responsabilidad ante quién?
¿Organización clandestina?
De repente un estudiante se desahoga:
- ¡Yo me siento engañado! Hace medio año que estoy estudiando en esta Universidad y a cada rato algún compañero me sorprende por sus convicciones éticas… ¿hay aquí alguna organización secreta?
- No, no hay nada de secreto, a ti te invitamos también a nuestros encuentros de oración, en las madrugadas…
- ¿Oración?, pero vuestra visión y vuestro programa estratégico, ¿cuándo lo desarrolláis? Os veo bien organizados ya que en cada curso tenéis representantes que en su momento oportuno dan sus comentarios o hacen preguntas agudas.
- Amigo, no tenemos alguna estrategia en este sentido. Simplemente creemos lo que dice la Biblia y tratamos de vivirlo cada día. Además intentamos dar estímulos para razonar sobre cosas fundamentales de la vida. A veces también nos juntamos en una fiesta donde charlamos y cantamos, por ejemplo el próximo viernes…
¿Guerra fría?
Pero los estudiantes creyentes tenemos algunos problemas entre nosotros. Venimos de distintas iglesias y denominaciones con diversas prácticas de culto y a veces diferencias teológicas considerables. Unos creen tener la vocación de imponer a los demás sus "especialidades". Otros tienen el virus de las críticas y mancillan todo lo que difiere de su propia visión o experiencia. Terceros hablan mal de sus hermanos más próximos. ¿No sería mejor callarse o tener sólo contacto con los que piensan como yo?
El Señor nos indica otra alternativa.
Considerémonos unos a otros
El criticarse unos a otros entre los cristianos tiene historia, y culmina en aseverar que el otro no es cristiano. Ya el apóstol Juan tuvo que aclarar en sus Epístolas que muchos, aunque tengan el nombre de creyentes, en realidad no son de Dios. Por otra parte también tuvo que precisar que todo aquel que cree "que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios". Con otras palabras, yo debo reconocer como hermano a cada persona que confiesa que Jesús es el Cristo o el Mesías. No puedo descalificar como cristiano a Fulanito porque en su iglesia celebran la Santa Cena en forma y frecuencia distinta o son "excéntricos" en varios sentidos. Él cree que Jesucristo es su Salvador personal, ¡entonces es mi hermano! Y como hermanos tenemos el encargo y el privilegio de "considerarnos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras" (Hebreos 10:24).
Estimularnos en la fe quiere decir intercambiar entre nosotros nuestro conocimiento de lo que está escrito en la Biblia. Estimularnos al amor es hablar con aprecio sobre terceras personas para que mi interlocutor las ame también. La vida cotidiana ofrece también muchas posibilidades para asociarse con los que tienen necesidad.
El día se acerca
Unos piensan que una vez que tengan título, posición y dinero, darán testimonio de su fe y practicarán la misericordia. Pero unos no lograrán nunca sus metas, otros se habrán corrompido espiritualmente antes de alcanzarlas.
La palabra de Dios nos amonesta a obrar ahora: y mucho más al ver que el día se acerca. ¿Cuál día? El día en el cual nos presentaremos ante Cristo, sea por su venida o por nuestra partida.
De esto concluimos que el presente es el mejor momento para estimularse mutuamente a hacer el bien y promover el reino de Dios.
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