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MDP Archivo 2003 Oct 03

Mensaje de Paz
Edición de Octubre de 2003
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Índice
¡Calcule bien!
¿A dónde va usted?
El colectivo equivocado
Mundo perdido
Correr a los brazos abiertos


¡Calcule bien!

Una vez razoné con un líder industrial sobre la fiabilidad del texto bíblico.

Para llevar la cuestión a una conclusión él dijo: “Mire, para mí, la probabilidad de que la Biblia es la palabra inspirada por Dios, es inferior al 50%. Con un mínimo de dotación matemática se deduce que es más cuerdo ignorarla.”

Comprendí que ese señor no estaba dispuesto a invertir tiempo en estudiar la bibliología para alcanzar él mismo una seguridad sobre la Biblia.

Entonces le dije: “¡Cuidado, usted está cometiendo un error de cálculo fatal! Cuando usted, por ejemplo, tiene que elegir entre dos escenarios en un proyecto, el uno no promete ninguna ganancia, pero asegura una gran pérdida; y el otro asegura que no habrá pérdidas, y además promete una pequeña probabilidad de ganancia, entonces ¿cuál elegiría?”

– “¡Es lógico!, ¿pero qué es lo que quiere decir usted?” – “Quiero decir que el rechazo de la Biblia no promete nada fuera de la pérdida total e irreversible…” – “Ah, usted va a eso…”, me interrumpe y sigue, “…usted es muy listo”. – “¿Y… no hay que ser sagaces en las cosas que conciernen al alma?” –“Sííí… con la lógica usted tiene razón, pero no convence a mi corazón…”

– ¡Qué pena!

Amigo que lees, ¿cuál es tú calculo? ¿Dónde pasarás tú la eternidad?

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¿A dónde va usted?

Recuerdo a un experimentado comerciante que me doblaba la edad, diciendo que desde joven él supo conducir su vida sin ayuda de nadie. Se consideraba un triunfador, pues contaba que él se había trazado un objetivo en la vida y lo había alcanzado, porque –según él– él sí sabía a dónde iba.

En plena madurez ya tenía casa propia, un seguro vitalicio con asistencia médica y judicial, un automóvil para cada miembro de la familia y hasta un panteón en el cementerio.

Un año después me enteré que el citado comerciante se había suicidado.

Una trayectoria así es el mejor ejemplo del fracaso de la autosuficiencia humana. Este hombre trató de satisfacer sus necesidades valiéndose exclusivamente de sus propias fuerzas.

Todo ser humano es un conjunto de espíritu, alma y cuerpo. El cuerpo es la parte material y está formado con los mismos elementos del mundo visible. Fue sacado del polvo y al polvo volverá. Cuando Jesús regrese, resucitará el cuerpo de los creyentes fallecidos; esa resurrección de vida nueva le hará semejante al glorioso cuerpo de Cristo.

El alma es el soplo de vida que anima la materia. Cada ser tiene la suya. Adán fue hecho un ser viviente por medio del soplo de Dios mismo.

El espíritu  es precisamente la parte de nuestro ser que capacita al ser humano para tener relaciones con Dios y le hace responsable ante Él.

A través de nuestros cinco sentidos nos reconocemos como seres humanos, pero nosotros somos algo más de lo que detectamos a través de nuestros ojos, manos, oídos, nariz y lengua. Una prueba determinante de ello es palpar un minuto después de morir el cuerpo de una persona. En ese instante todavía tiene corporalmente los mismos elementos materiales que tenía cinco minutos antes. Sin embargo, le falta algo, que es el soplo de vida que anima la materia, es decir, su alma; de donde, sin soplo de vida no hay materia.

Igualmente, sin espíritu no hay vida espiritual, o sea, seríamos como los animales que sólo buscan satisfacer sus instintos y que sólo reaccionan a través de sus sentidos. Aunque algunas personas quieran negar la espiritualidad del ser humano, dicha espiritualidad es parte esencial de nuestro ser. Es imposible apagar la espiritualidad, es decir, mantenerla prisionera de las neuronas. Cuando se intenta se pierde la facultad de relacionarse con Dios, convirtiéndose la propia persona, no en una dulce ovejita, sino en una fiera acosada que no puede comunicarse con Dios a través de las enseñanzas de Jesucristo, y termina como el citado comerciante.

Como el río confunde sus aguas con las del mar, desgraciadamente, esta persona reunió en un solo todo el cuerpo y el alma, omitiendo la parte espiritual de su ser, pues estimó que la inteligencia de su mente era lo suficientemente capaz para indicarle correctamente a dónde él tenía que ir. Consideró que su cuerpo era como un buque completamente apto para enfrentarse al embravecido mar de dificultades de la vida, y que no había mejor timonel que él mismo para fijar el rumbo de su existencia.

Sin Dios pudo conseguir una casa, pero no un hogar feliz; un seguro vitalicio, pero nada contra el temor a la muerte; sedantes, pero no paz interior; un abogado, pero no un Salvador; comodidades, pero no la felicidad; un lugar en el cementerio, pero no un lugar en el Cielo.

Con Dios recibimos, sin embargo, gratuitamente la salvación de nuestra alma, el perdón de nuestros pecados, la paz con el Padre Celestial, la vida eterna y la ayuda siempre del Espíritu Santo en esta vida, pues tenemos a Jesucristo, que es el mejor patrón del barco de nuestra vida, y que nos lleva a puerto seguro.

Fernando Torres

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El colectivo equivocado

Debido a mi trabajo como profesor, tengo que recorrer muchas escuelas distantes y todos los días me los paso tomando colectivos. Un día de esos, de noche cuando ya regresaba a casa, el ómnibus paró un momento en la estación terminal a tres kilómetros de mi ciudad de destino. El chofer se bajó, y después de un momento apareció una señora mayor que se subió enseguida y se sentó en los últimos asientos. Cuando el chofer subió puso en marcha el coche rumbo a mi ciudad, anduvimos bastante y tomamos rumbo sur hacia la ruta habitual, en eso, la señora se levantó apurada y se acercó al chofer muy nerviosa y le dijo: “Señor, ¿por dónde está yendo?”, “Por donde siempre, señora”, contestó él. “Pero –dijo ella nerviosa– ¿no es este el coche que va hacia Santiago?” (Santiago es una provincia distante cientos de kilómetros al norte.) “Pero, señora, ¿adónde va? ¿Cómo se subió a este coche?”, preguntó el chofer. “¡Oh, no! ¡Me equivoqué de colectivo! –dijo la señora sumamente asustada– ¡me bajé un momento al sanitario y creí que era éste el bus, por eso subí!”. “Está bien –trató de calmarla él– la dejaré aquí mismo, tendrá que tomar un taxi de regreso hasta la terminal, y espero que no se le haya ido el colectivo suyo”.

¡Qué desafortunada equivocación!, ¡subirse al colectivo equivocado!, puede parecer gracioso si uno lo ve así, pero acarrea muchos problemas si no hay oportunidad de volver al coche en el que veníamos y éste ya se fue con nuestras valijas. Este episodio me hizo pensar que en nuestra vida, a veces, también corremos el riesgo de tomar el colectivo equivocado. Sólo nos subimos y esperamos confiadamente en que el chofer nos lleve al destino que deseamos. Es bueno que esta señora no se haya dormido y pudo descubrir que el camino no era el correcto. En la vida, hay muchos caminos, pero debemos tener en cuenta quién es nuestro chofer. No nos durmamos en la comodidad de creer que como todo va bien, el destino es el correcto. A veces, los vicios livianos, las pequeñas mentiras, un engaño casual, pueden parecernos pequeños baches en el camino, pero pensamos que vamos bien, sin embargo, ¿te has fijado quien conduce tu vida? ¿Estás seguro de que no eres tú mismo? ¿O algún ser humano? Piensa, ¿no te habrás subido, por desatento, al colectivo equivocado?

Es verdad, no todo es color de rosa, a veces pasan cosas en el camino que nos hacen pensar que estamos en el coche equivocado, pero observa bien, levántate un poco de tu asiento y asómate para ver quién es tu conductor, y si allí está Jesús al volante y te mira y te sonríe amorosamente, entonces relájate, porque sigues en el coche correcto que te llevará a casa, junto a nuestro padre: Dios.

Jesús dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6).

Hugo Alberto Díaz

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Rincón poético

Mundo perdido

¡Oye, ciego mundo!
que errante vas.
Detente un poquito,
párate a escuchar.

Ojeras te cuelgan
de tu soledad,
aunque las pintaste
de gran vanidad.

Gran cadena llevas,
bien atada está.
A ella te aferras,
¿no la soltarás?

¡Oye, tierra oscura!
do habita dolor.
Morada en tinieblas,
cerco del horror.

Hay luz esperándote
y abundante paz
que te está brindada
desde mucho ya.

Ella lleva amante
el ruego de Dios:
¡Cógete a mi mano,
pobre pecador!

Isabel Martínez

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 Solución del acróstico del mes de septiembre:

No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo.

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Correr a los brazos abiertos

Con el movimiento por las curvas Ana se despierta poco a poco.

– Mami, ¿vamos a llegar pronto?

– Tesoro, ¿te has despertado?, le responde la madre; y el padre que está conduciendo el coche añade:

– Faltan sólo diez minutos.

– Anita, sabes que donde el abuelito, esta vez, podremos quedarnos sólo un ratito. Luego iremos donde el abuelo. (Para distinguir a los dos abuelos, a uno le llaman abuelito y al otro abuelo.)

¡Qué desilusión para Ana! Ella advierte una extraña seriedad en la voz de la madre y por eso no protesta, mas se pone triste. ¡Qué divertidas horas había pasado con el abuelito!

Y el abuelo, por lo contrario, nunca había jugado con ella.

Entran en el patio de la granja, y rápidamente se abre la puerta de la casa y un niño y una niña vienen a mirar. Son los primos de Ana. La tía viene a saludar y recibirlos muy cordialmente. Y después de un rato –¡qué desilusión!– siempre aparecía en la puerta el abuelito, abriendo los brazos y diciendo con una sonrisa cordial: ¿Quién corre a mis brazos? Pero hoy no aparece.

¿Dónde estará el abuelito?

Los grandes ponen cara seria, y entran. Ana los sigue tímidamente.

El abuelito está en la cama.

– Ana, le dice la madre, ¿no quieres saludar a tu abuelito y darle un besito?

Claro que quiere. Pero acercándose le parece una persona extraña y cuando toca con su mejilla la cara pálida y no afeitada, a Ana le dan ganas de salir corriendo. Pero el abuelito la abraza dulcemente, sin decir nada.

A Ana se le cae el mundo. Todo le parece muy cambiado y extraño: la tía, los primos, la casa… todo.

En la tarde llegan a la casa del abuelo. Aquí hay más alegría y también los vecinos vienen a saludarlos. El abuelo, lentamente, sale al encuentro y al ver a Ana exclama:

– ¡Vaya, cuánto has crecido!, y añade, pero todavía no eres lo suficientemente grande para poder abrazarme.

Por los dolores el abuelo no puede inclinarse. Mas Ana sube a un pequeño muro y lo llama:

– ¡Abuelo, ven aquí cerca!, y apenas que lo alcanza se le echa al cuello. Con una pasión sorprendente le cubre la cara a besos. Está emocionada y de golpe le dice:

– Abuelo, ¿es que el abuelito tiene que morir?

– No lo sé, responde él, abrazándola un poco más fuerte, sabes que todos algún día tenemos que morir.

– ¿Pero es que el abuelito tiene que morir ahora?

– Tesoro, de esto vamos a hablar con tranquilidad, cuando estemos solos.

Toda la familia toma un refresco, y Ana se aprieta al costado de su abuelo. A penas que han tomado el primer sorbo de zumo le dice:

– Abuelo, ¿cuándo estaremos solos?

– Bueno, ahora mismo… El abuelo se levanta, toma la copita de su nieta y la suya y dice: Permiso, la reina pide una audiencia privada; estamos en el jardín.

– Abuelo, dice la pequeña, ¿es verdad que tú me quieres mucho?

– Seguro que sí, y el abuelito también te quiere mucho.

– Mas él no puede más porque está muy enfermo.

– Pero sí, que él te ama siempre igual, sólo que ahora no puede jugar contigo.

– Él va a morir, ¿verdad?

– Puede ser; su enfermedad es grave…

– Abuelo, ¿Cuándo morimos, vamos todos al cielo, verdad?

– Mi tesoro, es posible, mas no todos irán al cielo…

– Pero el abuelito sí, le interrumpe la niña, ¡porque es una persona muy buena!

– Por supuesto que es una persona muy buena, pero por esto no se entra al cielo… Mira, Dios envió a su Hijo Jesucristo como salvador, y sólo los que creen en él pueden entrar al cielo.

– ¡Pero abuelo, el abuelito cree en Jesucristo, ¿verdad?!

– Sí, él cree.

– Entonces la niña se pone pensativa y dice en tono serio y aliviada:

– Abuelo, cuando el abuelito llegue al cielo, Dios abrirá sus brazos y le dirá sonriendo: ¿quién corre a mis brazos?

– Sí, así será, mi niña.

Narrado por J.U. Kunz

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