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MDP Archivo 2005 Abril 05

Mensaje de Paz
Edición de abril de 2005
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Índice

¡No excuses tus errores!
Le perdoné, pero no puedo olvidar lo que me hizo
El propio derecho
Primer Libro de Reyes
Pecador desconsolado
La bendición de ser perdonado y la responsabilidad de perdonar
Sopa de letras
¡Perdonados!


¡No excuses tus errores!

Un rey visitaba las cárceles para saber qué tipo de presos él tenía.

Los presos sabían que el rey tenía el poder de dejarlos libres. Por eso cada uno le contaba la misma historia. “No fue tan grave lo que yo hice…” “Es que me obligaban a actuar de esa manera…” “Las circunstancias eran muy desfavorables…” Cada uno declaraba su relativa o absoluta inocencia.

Sólo uno, un jovencito, le confesó con lágrimas que él era un delincuente: “Yo merezco este castigo…” El rey escuchó toda su confesión y luego se dirigió al responsable de la cárcel diciendo: “¿Qué hace aquí este malhechor en medio de todos esos santos? ¡Sacadlo!”

El preso no comprendió al instante esa ironía, con la cual el rey le había indultado. Pero fue el único dejado libre aquel día.

Mi amigo, si quieres dirigirte alguna vez al Rey soberano, a Dios, para recibir sus favores, ¡entonces no excuses tus errores!

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Le perdoné, pero…
…no puedo olvidar lo que me hizo

Pregunta

Un amigo mío me ofendió gravemente. Tiempo después reconoció su falta y me pidió perdón. Yo le perdoné, pero no puedo olvidar lo que me hizo. Esto ha afectado mi relación de amistad con él. ¿Qué puedo hacer para resolver el problema?

Respuesta

Las ofensas son inevitables en el trato mutuo entre seres humanos. Aunque no queramos ofender, a veces lo hacemos, mediante palabras o mediante gestos o mediante acciones.

No estoy justificando la acción de su amigo, simplemente estoy diciendo que por estar todavía en cuerpos sujetos a corrupción, es imposible vivir sin ofender a nadie. Gracias a Dios que tenemos a nuestra disposición el recurso para arreglar las ofensas. Este recurso se llama el perdón.

Su amigo parece tener un buen concepto de lo que es el perdón y por eso ha reconocido su falta y le ha pedido perdón.

Por su parte, usted también ha perdonado, pero parece ser que usted no tiene muy claro lo que en realidad significa el perdón. Para clarificarlo me gustaría citar el versículo que se encuentra en la Biblia en Efesios 4:32 donde dice: “Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo”. Note que el perdón es una obligación, no una opción. El verbo perdonar está en modo imperativo, indicando que es una orden. Perdonándoos unos a otros.

Si usted ha sido ofendido, perdone inmediatamente. Si usted es el ofensor, reconozca su falta y pida perdón inmediatamente. No espere sentir el deseo para perdonar o para pedir perdón. Ese deseo puede ser que nunca se presente. Actúe por obediencia, sobre la base de lo que dice la Biblia. La Biblia dice que usted debe perdonar. Pues haga eso. Perdone y punto.

Cuando uno es ofendido, uno tiene deseos de torcer el cuello al ofensor. Pero al perdonar uno dice: No lo haré. No torceré el cuello al que me ofendió. Le haré un favor no merecido e incondicional de no desquitarme por lo que me hizo.

El perdón es un compromiso que usted hace delante de Dios, por el cual, usted nunca jamás va a tomar venganza por la ofensa que ha recibido.

¿Cómo debo perdonar? El texto dice: Como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo. Dios nos perdonó en Cristo incondicionalmente. Dios no nos dijo: Te perdono siempre y cuando me garantices que nunca más vas a pecar.

Lo que usted necesita hacer ahora, entonces, es reconocer que el perdón no es sinónimo de olvido. Usted recordará por un buen tiempo la ofensa sufrida, pero eso no importa realmente. Porque si usted perdonó de corazón, cada vez que se acuerde de la ofensa sufrida; usted razonará y dirá: Yo perdoné al ofensor. Me comprometí delante de Dios a no tomar represalias nunca jamás contra el que me ofendió. De esta manera, usted podrá mirar al ofensor como si nunca hubiera cometido la falta. Poco a poco, a medida que pase el tiempo, es posible que usted vaya olvidando la ofensa sufrida.

Espero que estas ideas le ayuden a vivir en la práctica la verdadera dimensión de una vida de perdón.

www.labibliadice.org

David Logacho, abreviado

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El propio derecho

Se cuenta la historia de un hombre rico en Springfield, Illinois, que insistía en que un hombre pobre le debía 2,50 dólares. Cuando se rechazó su demanda, el rico decidió ponerle un pleito. Contactó a un joven abogado llamado Lincoln, quien al principio vaciló en encargarse del caso. Pero repensándoselo, decidió aceptarlo si le pagaba 10 dólares por adelantado. El cliente pagó, con lo que Lincoln fue al pobre, y le ofreció 5 dólares si pagaba inmediatamente la deuda denunciada. Así, Lincoln consiguió 5 dólares para sí mismo, el pobre ganó 2,50 dólares, y la deuda quedó satisfecha. El rico pagó tontamente tres veces la deuda original, solamente por mantener sus derechos.

Más tarde o más temprano se llega a una situación en la que los propios derechos son violados. Ahora bien, el Señor no pretende que actuemos como las alfombras y que siempre nos dejemos pisotear. En algunas ocasiones tenemos que manifestarnos con amabilidad, pero con firmeza debemos hacer valer nuestro derecho. No obstante, llevar las cosas en son de venganza hasta el último gramo de justicia, va en oposición diametral al espíritu de Cristo. A menudo da como resultado perder más de lo que se habría ganado.

D.J.D, Pan Diario

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Serie Biblia XII

Primer Libro de Reyes

Este libro relata como la monarquía israelita –iniciada en Gilgal donde fue proclamado Saúl primer rey de Israel (1S 11:14-15)– continúa aún unida bajo David, quien reinó durante cuarenta años, siete de los cuales establecido en Hebrón y treinta y tres en Jerusalén, y quien estando próximo a morir nombra como sucesor a su hijo Salomón (1:1-2:12), bajo cuya autoridad logra el reino su mayor brillantez (2:13-11:43).

La narración nos da a conocer un Israel que bajo la tutoría espiritual de Dios llega a tener una extensión territorial nunca más igualada, haciéndose famoso Salomón por sus riquezas y sobre todo por su sabiduría en el mundo de aquella época. Salomón es el primer gran constructor israelita, pues reconstruye y fortifica ciudades, levanta palacios y sitios de recreo, así como edifica su obra maestra: el templo de Jerusalén. El escritor sagrado, como en el caso de David, le reconoce sus grandes acciones a Salomón, mas nos da a conocer también la debilidad de éste por las mujeres y su complacencia con la idolatría. Su reinado duró cuarenta años y se estableció en Jerusalén.

Después de la sobresaliente monarquía salomónica sobrevino –con la muerte de Salomón– el deterioro del reino, provocado por el desmembramiento nacional y la formación de dos reinos (12:1-22:53). Al reino del norte se le siguió llamando Israel y al del sur se le conoció bajo el nombre de Judá, que era la principal tribu israelita.

A continuación se nos relata en paralelo el desarrollo de los acontecimientos en cada uno de los dos reinos, bajo el poder de Roboam y Jeroboam, respectivamente, y la historia de ambos reinos hasta los tiempos de Joram en Judá y Ocozías en Samaria.

De acuerdo al relato bíblico el reino del norte es el que más se aparta del camino de Dios, mientras que reyes piadosos en el reino del sur alternan con monarcas impíos. El éxito y la prosperidad de cada reino dependen en todo momento de la lealtad del rey a Dios; por el contrario, la idolatría y la desobediencia causan siempre desgracias. En circunstancias políticas tan inestables sobresale la actuación de los profetas, quienes reprenden al pueblo y a los monarcas cuando cometen apostasía, incitándolos a rendir culto, obediencia y respeto al único y verdadero Dios. En oposición frontal a los profetas de Baal (cap. 18) está el ministerio poderoso del profeta Elías, que es la gran figura profética de este relato.

Este libro puede dividirse en siete partes principales, a saber:

1.  Desde la rebelión de Adonías hasta la muerte de David, 1:1-2:11.

2.  Desde el ascenso de Salomón al trono hasta la dedicación del templo, 2:12-8:66.

3.  Desde la confirmación del Pacto Davídico hasta la muerte de Salomón, 9:11-11:43.

4.  Desde la división del reino hasta la muerte de Jeroboam y Roboam, 12:1-14:31.

5.  La historia de los reinos de Judá e Israel hasta el ascenso de Acab al trono de Israel, 15:1-16:28.

6.  Desde el ascenso de Acab hasta su muerte, 16:29-22:40.

7.  Desde el reinado de Josafat hasta el ascenso de Joram al trono de Judá, y de Ocozías al de Israel, 22:41-53.

Fernando Torres

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Pecador desconsolado

Busca consuelo inmediato
el alma del pecador,
no se calma con deseos
ni con gritos de pavor.

Él no sabe que bien cerca
lo vela siempre el Señor,
esperando su deseo
de cambiar su corazón.

Mas perdido en el infierno
de su propia desazón,
busca la fuerza perdida
en su propia condición.

No sabe el muy desgraciado
que placer y gozo eterno
lo tiene bien a la mano,
con sólo pedir amor
al venerado mentor,
nuestro amado y muy señor
Jesucristo salvador.

Fernando Torres

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La bendición de ser perdonado y
la responsabilidad de perdonar

Los dos deudores (Mateo 18: 23-35):

“Por lo cual el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos. Y comenzando a hacer cuentas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. A éste, como no pudo pagar, ordenó su señor venderle, y a su mujer e hijos, y todo lo que tenía, para que se le pagase la deuda. Entonces aquel siervo, postrado, le suplicaba, diciendo: Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. El señor de aquel siervo, movido a misericordia, le soltó y le perdonó la deuda. Pero saliendo aquel siervo, halló a uno de sus consiervos, que le debía cien denarios; y asiendo de él, le ahogaba, diciendo: Págame lo que me debes. Entonces su consiervo, postrándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. Mas él no quiso, sino fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase la deuda. Viendo sus consiervos lo que pasaba, se entristecieron mucho, y fueron y refirieron a su señor todo lo que había pasado. Entonces, llamándole su señor, le dijo: Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti? Entonces su señor, enojado, lo entregó a los verdugos, hasta que pagase todo lo que le debía. Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas”.

Como a estos deudores, a nosotros también el evangelio nos confrontó con Dios; fue allí que conocimos nuestra situación delante de Él y aceptamos nuestra responsabilidad.

Como dice el Padre Nuestro, “perdónanos nuestras deudas…”, el pecado es considerado “como deuda”, y nosotros habíamos contraído una deuda muy abultada, tan grande que nuestra alma estaba embargada por la justicia Divina. Cristo levantó el embargo pagando a Dios lo que debíamos. Lo pagó con su vida: “Sabiendo que fuisteis rescatados… no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo…”. Fue allí que clamamos a Dios por misericordia y “nos perdonó todos los pecados,” Dice Is 55:7 “…vuélvete a Jehová, el cual tendrá de ti misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar”.

Dios nos perdonó todo, y sin poner delante de nuestro rostro lo que hicimos o dejamos de hacer, lo hizo de buena voluntad; y a más de esto nos limpió la conciencia. 1Jn.1:9

¡Bendito sea nuestro Dios! Dice David: “Porque tú, Señor, eres bueno y perdonador, y grande en misericordia para con todos los que te invocan” (Sal 86:5).

Nos perdonó: Todo (Co2 1:13-14), ampliamente (Is 55:7), ricamente (Ef 1:7), olvidando (Miq 7:18) y sepultando (Miq 7:19).

De la misma manera que Dios obró con nosotros, nos manda obrar con nuestros semejantes. “Soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros” (Col 3:13). Todos faltamos muchas veces, y debemos tener sensibilidad, para reconocer y confesar, como así mismo, perdonar a otros sus ofensas. Si no lo hacemos, la deuda permanece, y es un estorbo para la comunión con Dios. El Señor enseñó a los discípulos sobre esto lo siguiente: “Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas. Porque si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos os perdonará vuestras ofensas” (Mc 11:25-26).

El perdonar a otros no está en nuestra naturaleza, pero el Espíritu Santo que mora en nosotros hace una obra en nuestra alma mediante la Palabra de Dios, dándonos ese espíritu perdonador. Si no perdonamos, estamos en peligro que brote en nuestro corazón alguna raíz de amargura.

La lección de la parábola es obvia: el rey perdonó la deuda del siervo que equivalía a alrededor de doce millones de dólares; sin embargo, éste no perdonó la deuda de su amigo, ¡que equivalía aproximadamente a quince dólares! Su amo lo llama y reprende: “Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste, ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti?”

¡Hermanos, esta reprensión es una invitación para reflexionar, analizar nuestras acciones y evaluar la magnitud de la deuda que Dios nos ha perdonado! Nosotros muchas veces imitamos a este siervo malvado, no perdonando pequeñas ofensas. ¡Cuán miserable somos!

¿Cómo superar esta situación? En la presencia del Señor, meditando su Palabra y en oración; es allí cuando el Espíritu obra; “examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno” (Sal 139: 23-24). Es entonces cuando perdonaremos al hermano “de todo corazón”.

Amados hermanos, mientras el día de la gracia dura, tenemos tiempo para arreglar nuestras deudas; de no hacerlo ahora, lo haremos en el tribunal de Cristo, donde cada uno dará razón de sí.

Confesemos nuestros pecados; pidamos perdón y perdonemos a nuestros semejantes, porque esto nos dará paz y nos librará de muchos dolores. Hay quienes están enfermos físicamente y síquicamente, por no confesar, como por no perdonar.

Dios tenga misericordia de nosotros y nos ayude en este tema tan importante. Si lo hacemos, seremos llenos de todo gozo y paz que se irradiará en nuestro rostro.

Dios nos bendiga. Amén.

Jorge Horacio Kazepis

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Sopa de letras

PCEPPLEITORDO
NAOENOSNUESTV
RADRADIVLOSEL
DRADASNEFONEE
UECODZEASGCOA
MPENOJOYATAMR
BRPAIUENENNOS
SEORTDZRORSPI
ESRODADILIBED
DAORNADERECHO
MLORNLOCNILSA
NIUEESTROSDEU
DASUCXEORES**

CORAZON DEBILIDAD DERECHO ERROR EXCUSA ISRAEL JUDA LINCOLN OFENSA OLVIDAR PECADO PERDONAR PLEITO REPRESALIA REYES VENGANZA

Tache con una raya las palabras encontradas. Las letras restantes forman una frase. ¿Cuál? (8 direcciones de lectura.)

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¡Perdonados!

Los cristianos somos pecadores, sí, pero pecadores perdonados. Un buen cristiano no es el que peca menos, sino el que sabe conscientemente que sus pecados ya han sido perdonados por Dios, y perdona él también.

Lo maravilloso es que la Biblia nunca llama “pecador” al creyente perdonado, no porque no pueda más pecar, sino porque Dios lo ve como si nunca hubiera pecado.

Gravísimo es para un creyente en Cristo creer que ya está arriba y desde allí poder juzgar a los demás, Romanos 5:12 dice que todos hemos pecado, y esto también te incluye a ti. El verdadero gozo de los santos es saberse amados y perdonados por Jesucristo.

Sólo desde el momento en que seamos plenamente conscientes de ello podremos perdonar a otros.

Es muy difícil reconocer nuestros propios errores, pero verse cara a cara uno mismo con la propia debilidad, es el primer paso para recibir el perdón de Cristo. Alguien dijo alguna  vez: Creo, pues se me ha perdonado tanto, que ya ni siquiera me atrevo a preguntar cuántas veces tengo que perdonar.

Si tuviéramos que perdonar tantas veces como veces Cristo nos perdonó a nosotros, créeme que no nos alcanzaría la vida entera para perdonar a otros.

Jesús dijo que debíamos perdonar hasta setenta veces siete, esto en el lenguaje actual sería como un juego de palabras: perdonar hasta setenta veces… ¡siempre!

San Francisco dijo: Que no haya en el mundo hermano alguno que haya pecado todo cuanto puede pecar y que, después de haber visto tus ojos, jamás se aparte de ti sin tu perdón, si te lo pide; y si no, pregúntale tú si lo quiere. Y si después volviera a pecar mil veces en tu presencia, ámale más para atraerlo al Señor. Y muéstrate siempre compasivo. Y ámalo tal como es, y no pretendas que sea mejor cristiano para amarle.

Dios se alegra cuando una persona abre su corazón a Jesús, reconociendo sus pecados ante Él, pero mucho se alegrará si esa persona eres tú, porque Él no piensa en gran cantidad de personas que viven en paz y armonía. Él se alegra porque uno de sus hijos (tú) ha decidido entregarle su corazón. Hay más alegría por uno... (Lucas 15:7).

Te animo a que recibas a Jesús en tu corazón, a que le cuentes, hablando con palabras o con tu mente, todo cuanto de lo malo hayas hecho. Dios ya sabe tus errores, pero se goza en que no los ocultes ante Él. Pídele a Jesús que perdone tus pecados y te dé la gracia de poder perdonar a los otros.

¡Dios te bendiga!

Hugo Alberto Díaz

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