MDP Archivo 2005 Sept. 05
Índice
El ladrón y la Biblia
Poder en la Palabra
Legalismo
El tiempo y la fe
“A las diez y media”
El ladrón y la Biblia
La escena sucede en Brasil. Un ladrón se introduce cierta noche en una casa. Al oír un ruido, se desliza prontamente debajo de una cama. Ve espantado como todos los miembros de la familia se reúnen en la habitación en que él está escondido. El padre se sienta justamente sobre esa cama, toma un libro y lee una página de él a su mujer y a sus hijos. Son magníficas palabras; nunca nuestro ladrón había oído nada semejante. Terminada la lectura toda la familia se pone de rodillas para la oración. El padre se dirige a un Amigo presente. Nunca nuestro hombre había pensado que se podía hablar a Dios con tanta confianza y libertad.
Luego la familia se retira y se hace silencio en la casa; cada uno se duerme. Entonces el intruso se arrastra fuera de su escondite y, aún tembloroso, deja precipitadamente la casa sin llevarse nada más... que el misterioso libro negro que ha quedado sobre la mesa.
Es una Biblia, y la lee con asiduidad. A medida que va leyendo, queda convencido de que el secreto de la verdadera dicha está contenido en ese libro. Transcurren meses y, un día, nuestro hombre se acerca a Dios por medio de Jesucristo, confiesa sus pecados y obtiene el perdón.
¿Qué le queda por hacer? Traer de vuelta la preciosa Biblia a sus propietarios y contarles su historia. Entonces, en la misma habitación, de rodillas, el padre de familia juntamente con el ladrón agradecen al Señor por haber hecho de ellos hermanos en Cristo Jesús.
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Poder en la Palabra
Amar la Biblia es un amor de necesidad. Quien ha escuchado la Palabra de Dios y ha comprendido su mensaje, siente luego la necesidad de la Palabra. Su espíritu se reanima y cobra fuerzas con cada texto bíblico. Entonces se hace real la frase de Jesús de que no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra de Dios. Y Dios habla a través de la Biblia. 2Timoteo 3:16 dice que toda la Escritura es inspirada por Dios, así que Dios mismo nos habla en ella.
Leer la Biblia es necesario para vivir, tanto como el alimento lo es para el cuerpo. Muchas personas no leen la Biblia porque la consideran muy difícil. Podría ser.
Un bebé no puede comer carne hasta que tenga cierta madurez, y llegue a probar todo tipo de alimentos. Igual pasa con la Biblia, es necesario que alguien nos oriente en su lectura. Básicamente, hay cosas que se entienden muy bien, y sólo el Espíritu Santo –el que inspiró esos textos– nos hace entender. Además existen numerosas guías de estudio preparadas especialmente para guiar en el descubrimiento de la Biblia, como el calendario bíblico La Buena Semilla.
La Biblia es un libro muy especial, por ejemplo, se divide en Antiguo y Nuevo Testamento, pero el Antiguo sólo puede interpretarse plenamente con la lectura del Nuevo, cuando nace Jesús. Pues muchas alusiones que se hacen en el Antiguo Testamento son a Jesucristo que vendría al mundo a dar su vida por nuestros pecados (Juan 3:16).
Se hace necesaria la lectura de la Biblia para conocer el plan de Dios.
Pero ¿podemos entonces, por leer la Biblia y estudiarla muy concienzudamente, creer que ya conocemos plenamente a Dios? No.
Quien busca a Dios es necesario que crea que Él existe. Es imprescindible tener fe.
La fe es la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve. ¿No tienes fe? Pídesela a Dios. Escucha hablar la Palabra de Dios. Pues la fe viene por el oír la Palabra de Dios.
Muchos son serios analistas de las Escrituras como los abogados analizan las leyes del código penal. Pero aún así siguen sin conocer al Dios vivo de la Biblia por falta de fe. Porque no han experimentado en sus vidas la salvación de Jesucristo y el amor de Dios en cada área de sus cosas.
Dijo Jesús en Juan 5:39 “Escudriñad las escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí”, pero agrega en el versículo 40: “y no queréis venir a mí para que tengáis vida”.
Es bueno escudriñar las Escrituras, pero es tan importante ir a Jesús para vivir. De hecho, el propósito principal de la Escritura es que el Hombre vuelva a su Dios. Es necesario creer que hay Poder en la Palabra de Dios, y que no es solamente un libro con una serie de argumentaciones perfectamente entrelazadas para andar por ahí altercando con otros.
Hay poder en la Palabra. En 1Corintios 4:19-20 Pablo dice: “Pero iré pronto a vosotros, si el Señor quiere, y conoceré, no las palabras, sino el poder de los que andan envanecidos. Porque el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder.” Poder que regenera la vida… para ya no más “andar envanecidos”.
Confía en Dios, deja entrar a Jesucristo en tu corazón. Lee la Biblia para conocer Su voluntad y a través de su Espíritu Santo comienza a vivir en el poder de su Palabra.
1Corintios 1:18 dice así: “Porque la Palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios”.
¡Dios te bendiga!
Hugo Alberto Díaz
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Legalismo
Mandamientos, ¿en el Nuevo Testamento? Cuando el pueblo escucha la palabra “mandamiento”, inmediatamente piensa: “legalismo”. Pero los dos términos no son sinónimos. Nadie habló de mandamientos más que el Señor Jesucristo, pero tampoco hay nadie menos legalista que Él.
¿Qué es legalismo? Aunque la palabra no está en el Nuevo Testamento, describe lo que en el hombre son sus esfuerzos incesantes para ganar o merecer el favor de Dios. Básicamente significa el intento de ganar justificación o santificación a través de guardar la Ley. Esto es su verdadero significado. Pero hoy en día la palabra es empleada en un sentido más amplio, para describir lo que uno piensa que son normas morales y rígidas. Cualquiera que intenta clasificar ciertas prácticas como prohibidas es etiquetado: “legalista”. De hecho, ahora emplean la palabra “legalista” como un mazo o palo para atacar prácticamente toda restricción del comportamiento cristiano, o en contra de cualquier enseñanza “negativa”.
¿Cómo, entonces, debe un cristiano pensar, para evitar el peligro asociado con el “legalismo”? En primer lugar, es verdad que los cristianos estamos libres de la Ley, pero es importante añadir rápidamente que no estamos sin ley. Estamos bajo la ley de Cristo. No debemos hacer lo que nos plazca, sino lo que le place a Cristo.
Segundo, debe recordarse que el Nuevo Testamento está lleno de mandamientos, incluso un buen número de negativas. La diferencia está en que estos mandamientos no son dados como Ley, es decir, no conllevan pena (no son punibles). Son dados como instrucción en justicia para el pueblo de Dios.
Además de esto, hay cosas que pueden ser lícitas para el cristiano, pero que no le convienen. Puede que sean cosas “legales” en ese sentido de ley, pero que sean cosas que esclavizan (1Co 6:12). Es posible que un creyente tenga libertad para hacer algo, pero por otra parte, si ejerce su libertad, podría ser culpable de hacer tropezar a otra persona. En ese caso, aunque es “legal”, no debe hacerse.
El hecho de que alguien llame a una prohibición: “legalista”, no quiere decir que esté mal. La gente emplea la palabra “puritano” de forma despectiva, para describir ciertas normas de conducta, pero el comportamiento de los puritanos honraba a Cristo más que muchos de los que les critican.
A menudo, cuando los cristianos castigan ciertos patrones de comportamiento piadoso como “legalista”, esto puede ser una indicación de que ellos mismos se están volviendo más permisivos, y deslizándose moralmente. Ingenuos, se imaginan que cuando atacan y critican a los llamados “legalistas” o “puritanos”, consiguen mejorar y salvaguardar su propia apariencia, o que así ejemplarizan su propia posición y comportamiento hacia los demás.
Nuestra seguridad está en quedarnos lo más cerca posible a las enseñanzas de las Escrituras, no en intentar ver cuán cerca del precipicio podemos llegar sin caer.
William MacDonald
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El tiempo y la fe
“No os olvidéis de la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles” (Hebreos 13:2)
Cuando estudiamos en las Sagradas Escrituras los albores de la Iglesia Cristiana, vemos con asombro como el vivir una vida de servicio amparados en la fe, era el principio básico de los primeros discípulos. No quiero decir que los actuales principios de fe sean otros, pero sí que la intensidad de fe con la que se apoya el cristianismo de hoy, es mínima.
Después de siglos de cristianismo la Palabra de Dios no ha variado. Aunque nuestras condiciones de vida se hayan modificado por los avances científicos y tecnológicos, improbables en tiempos pasados y en constante progreso, los mandatos y requerimientos de Dios siguen intactos. Y debieran en nosotros infundir el mismo vigor en el servicio por los demás.
En Hebreos 13 v. 2, Dios hace referencia a un pasaje del Antiguo Testamento de suma importancia para los antiguos cristianos y que hoy mantiene valor porque quien lo instruye es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos.
Al igual que la iglesia del primer siglo, la actual está llamada a ser reconocida por sus frutos. La Palabra dice que no debemos olvidarnos de la hospitalidad. Recordemos que la exhortación a los hebreos se hizo porque en aquellos tiempos habían cristianos fugitivos o perseguidos a causa de su fe y la proclamación del Evangelio. Ellos no tenían un lugar donde ser acogidos y por lo tanto era tarea de los otros cristianos. Era una manera en que podía hacerse práctica la fe cristiana.
Hoy en día tales situaciones de persecución a causa de la fe, por lo menos en nuestro medio, no son comunes, y por eso pensamos estar exentos de tal acción. Pero la sabiduría de las Escrituras no permite estar inactivos en cuanto al ejercicio de la fe, porque debemos ponerla en práctica comenzando por nuestras propias familias, y también con cristianos que comparten nuestra fe, y que requieran de este gesto de simpatía al que estamos llamados.
La Palabra de Dios da muchas posibilidades para manifestar nuestra fe en Cristo y alentarnos al servicio vivo, como cuando se refiere al hecho de que cualquier bien que hagamos al necesitado será como si se lo hiciésemos a Cristo.
Recuerdo que en mis comienzos de vida cristiana cantaba una alabanza que recordaba los servicios de la iglesia primitiva. Parte de su letra decía “¿La Iglesia Primitiva donde está? Aquella que al pobre servía, que a Dios adoraba sumida en sumisión…” Pensábamos que iglesia de los primeros discípulos tenía una forma de vida apoyada con más eficacia en la fe.
Recordemos que esa llamada de exhortación a no olvidarse del servicio a través de la hospitalidad, se hizo porque se descuidó o quizá se iba con seguridad hacia esa situación.
La Palabra de Dios siempre vigente nos recuerda que el olvidarse de sus preceptos puede llevarnos a perder bendiciones que están escritas en su Palabra,
Dice que sin saberlo, aquellos que tuvieron presente sus preceptos, hospedaron ángeles.
Hermano, si esto le resulta extraño es porque no ha comprendido aún el sacrificio de Jesucristo el Hijo de Dios y autor de estos mandatos. Hoy le invito a que abra su corazón a Dios, a su mensaje del evangelio y una vez que haya creído que la muerte de Jesucristo en la cruz del Calvario fue también por usted, los preceptos cristianos se convertirán no sólo en verdades para creer, sino en verdades para practicar.
Richard Davis
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Las promesas de Dios
Sus promesas son inmensas como mares infinitos. Hermosas e incomparables que rebosan poderío.
Ellas son refugio al justo, y defensa que dan fuerza. Son murallas que sostienen, castillos de fortaleza.
Ellas son ante la duda ese faro que rescata, rodeando en la gran lucha de extensa y espesa calma.
Sus promesas son eternas, sublimes, firmes verdades, fieles cual no se hallan, siempre inquebrantables.
En ellas arraigada llevan toda la luz que se abraza de esa misteriosa certeza de convicción maravillada.
Ellas revelan las fuentes que al alcance tiene el alma, el alma que buscó a Dios y en Él puso su esperanza.
Isabel Martínez
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“A las diez y media”
Todos los domingos asistía a la Iglesia con el propósito de escuchar misa y el mensaje que en ella se daba. Intentaba poner en práctica durante la semana lo que allí había oído. Al no leer la Biblia, hacía esfuerzos por escuchar y recordar algo.
Vacío
Debo reconocer que, para mí, era una religión cómoda. Quería que fuera así.
Pero llegó un momento en el que ir a oír misa no me llenaba; no salía con la sensación de haberme quedado con algo. No estaba conforme conmigo misma en cuanto a mis acciones, reacciones, actitudes. Tenía un vacío que no era capaz de llenar.
Desde hacía ya un tiempo, mi padre hablaba acerca de Dios, en casa y en cualquier lugar, de lo gratificante y edificante que era la experiencia de una relación íntegra con Dios a través de Cristo.
Todos sus comentarios e insistencias provocaban discusiones en la familia, y me creaban incomodidad pues estaba tranquila con las creencias que tenía y lo cómoda que había hecho mi religión, pues no me exigía demasiado.
Digo esto porque yo no me dejaba comprometer demasiado con lo que yo escuchaba, pues no leía la Biblia, con lo cual no afianzaba mi fe.
Insistencia
Poco a poco, ante la insistencia de mi padre hablando tanto de Cristo y de Dios, fui pensando más en lo que él decía.
Pasado un tiempo, le pregunté a qué hora se reunían en “aquel sitio” con tono más bien despectivo, pues no quería ceder a la lucha que se estaba forjando dentro de mí. Mi padre solamente me respondió: “A las diez y media”. Fue una respuesta corta y clara. Creo que fue lo más acertado pues si hubiera seguido con algo como “me alegro de que hayas decidido venir” habría sido peor. Posiblemente me hubiera rebelado. El espíritu de contradicción me habría llenado de dudas para no ir. Pero afortunadamente decidí asistir.
Estoy convencida de que Dios utiliza a sus hijos, a las personas en general, para que salgan al paso de otras para darles a conocer el mensaje de Dios. Este fue el caso con mi padre. Fue un instrumento utilizado por Dios.
A partir de aquel momento comencé a asistir a esta iglesia, a leer la Biblia, a escuchar y querer escuchar cada vez más acerca de Dios y de los compromisos que Él quiere que adquiramos con Él, y que tengamos a Cristo como Salvador personal. El mensaje que recibía iba llenando aquel vacío espiritual que yo tenía.
En mi lugar
En un principio, y aunque me sentía cada vez más parte de esta iglesia, pensaba que lo del Bautismo no tenía por qué ser necesario. Bastaba con nacer de nuevo, aceptando que Cristo había muerto por mí.
Cuando realmente me sentí pecadora y confesé mi carga a Dios, acepté que Cristo había muerto por mí. Nunca antes en mi vida había aceptado profundamente que Cristo murió en mi lugar para que yo me salvara al creer en Él como mi Salvador personal. Era un gran misterio que había oído muchas veces, pero que nunca había calado en mi interior. Siempre lo había escuchado, pero como otras tantas cosas que se dicen de Cristo. No es lo mismo escucharlo, que aceptarlo y sentirlo así. Aquella noche me derrumbé y lloré sinceramente.
Ahora el Bautismo me parece algo importante, además de ser un mandamiento que toda persona renacida en Cristo debe cumplir. Es una decisión personal y para mí significa también una manifestación pública del compromiso que quiero adquirir en conocer más a Cristo, sus enseñanzas, e intentar imitarle en sus pasos. Algo nada fácil teniendo en cuenta los muchos atractivos del mundo y la influencia de las muchas personas que nos rodean en los diferentes ámbitos que intentan desviarnos del camino recto elegido. Pero bajo la Gracia de Dios todo es posible.
Pido a Dios que me fortalezca para seguir a Cristo a pesar de la incomprensión de muchos.
Ana M. Huerta Bernad
El Heraldo del Pueblo N° 200, abreviado
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