MDP Archivo 2005 Octubre 05
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¡Tu boca determina tu destino! Libérate de la tiranía del “qué dirán de mí” ¡Hay que decirlo! Los tres tamices La muerte y la vida están en poder de la lengua Esdras Me hablaron de Jesucristo…
¡Tu boca determina tu destino!
“Es de la abundancia del corazón, que habla la boca”, dijo Jesucristo. (Mateo 12:34).
Pero el corazón, además, puede ocultar las cosas, y nunca revelarlas. A lo mejor alguien tiene muy buenas ideas acerca de su fe, pero mientras que no las expresa nunca, todo queda incompleto, muerto.
Amigo, imagínate lo trágico, si el ladrón crucificado al lado de Jesucristo no hubiese abierto su boca para pedir misericordia al Hijo de Dios. Nunca habría oído las salvadoras palabras del Señor: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43).
La Biblia dice: “Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (Romanos 10:9-10).
Entonces, invoca, hoy, con tu boca al Señor Jesucristo y dile que tu corazón necesita recibir Su perdón, y que quisieras ser salvo para poder pasar la eternidad junto con Él. Y después, confiesa tu fe delante de tus prójimos. – ¡Tu boca determina tu destino!
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Libérate de la tiranía del “qué dirán de mí”
“El qué dirán” es una frase frecuentemente repetida. Es una expresión de prejuicio que se opone, especialmente cuando una persona es invitada a tomar una decisión importante. Y se contrapone de manera sumamente particular cuando se trata de la decisión que determina el poder disfrutar de una vida mejor a nivel espiritual y general, viviendo con Cristo Jesús.
Muchas veces hemos oído: “¿qué dirán de mí, mis parientes y amigos, si decido concurrir a una iglesia evangélica; si cambio mi estilo de vida rutinario? Me dirán que estoy fuera de onda. ¿Qué dirán de mí, si abandono mis tradiciones religiosas? Mejor será no comprometerme con el Dios de los cristianos evangélicos y seguir viviendo la vida que a nadie le importa cómo”.
¡Amigo lector! Si supieras cuál será el destino final de tu alma, no habrías de precipitarte, sino meditarías y buscarías una meta segura de paz eterna. Aquí en la tierra estamos de paso y la muerte es una experiencia, pero no el final del espíritu que Dios nos dio. Si aceptamos a Cristo aquí y ahora, un día –puede ser en breve o no– entraremos finalmente en el lugar que Él fue a preparar para sus seguidores que hayan permanecido fieles hasta el final, viviendo en la verdad del Evangelio. Pero si estás confiando en alguna idolatría (llámese virgen, santo, amuleto o reliquia), por muy sincero que seas, harías nulo para ti el sacrificio de Cristo.
Los hombres han inventado muchos caminos para ser escuchados por Dios, pero la Biblia enseña que solamente por medio de Jesús, quien nos justifica de nuestros pecados, seremos escuchados y recibidos. Todo lo demás es una gran mentira del diablo. ¡Escucha a tu alma decirte!: “Debes aceptar por fe al Salvador del mundo, a Jesús el Hijo de Dios, que por salvarte de horrenda condenación murió en la cruz del Calvario”.
Reconoce que Él ha estado llamando a la puerta de tu corazón muchas veces y tú le has respondido: “¡Qué dirán de mí, si mis vecinos me vieran caminar de la mano de Jesús y me involucrara con la familia de cristianos fieles a la Palabra de Dios!”.
Ahora, por favor, siéntate serenamente a escuchar la voz del Señor Jesús:
“Yo te amo de verdad, tal como eres; mira mis manos y mis pies horadados por gruesos clavos, mi corazón abierto por la lanza, porque hacía el bien a todos aquellos que vinieron a Mí. ¡No me hieras más con el martillo de tu ignorancia! Conozco toda tu vida, desde el primer momento que empezabas a caminar sobre esta tierra enferma por la maldad de los hombres. Sé que has soñado desde niño con lo mejor y has fracasado. Raíces de amargura crecieron entonces dentro de ti; haciéndose árboles gigantes que solo jamás podrás derribar. El buscar la felicidad por caminos equivocados, te dejó heridas profundas que sangran todavía. Conozco tus limitaciones y el dolor de tus problemas sin resolver. Estuve cerca para ayudarte, pero cuando yo te llamaba por tu nombre, siempre respondías... ¿qué dirán de mí? Te he enviado muchos mensajeros, con cada folleto que tú leíste y hablaba de Mí. ¿Sabes que también me rechazaste a Mí, cada vez que decías que no? Hoy he vuelto a ti en forma diferente, para volver a hablarte e invitarte a entrar por el sendero angosto de la verdad. A las puertas de tu corazón estoy esperando tu decisión, tal vez por vez postrera.
“¿Qué esperas?... ¡Vamos ya! Levántate con humildad y arrepiéntete de todos tus pecados. Invítame a entrar en tu corazón para ser el Señor de tu vida, y sólo tú sabrás por experiencia personal quién Soy: Jesús, tu Salvador.”
Fredy Granja, En la Calle Recta (adaptado)
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¡Hay que decirlo!
Agonizaba la vieja dama que había trabajado infinitamente para educar a su numerosa prole… Dios sabe con cuánto sacrificio.
Uno de sus hijos la toma de la mano y le susurra al oído: “Pobre mamá, sabes que te amamos mucho”.
– ¡Oh! –dijo ella con un postrer esfuerzo– cómo me agradan tus palabras. ¿Pero, por qué no me las dijisteis antes?
Todo el mundo no demuestra lo que siente, y por esta torpeza nos sentimos tristes, solitarios y extraños dentro de la propia familia.
No esperemos el último momento para manifestar nuestro amor a nuestros seres queridos… ni tampoco al Señor.
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Los tres tamices
Sócrates, el filósofo griego nacido en Atenas en el año 399 antes de Jesucristo, dio pruebas en más de una ocasión de una exquisita sabiduría.
Visiblemente excitado alguien se llegó a él un día, queriéndole contar eso que llamamos “un chisme”. El sabio le tapó la boca diciéndole:
– Escucha primero los tres tamices que te indicaré. Si lo que quieres decirme no puede pasarlos, no me lo cuentes.
– ¿Tres tamices? –dijo sorprendido el amigo.
– Comencemos. El primer tamiz es la verdad. ¿Has verificado la autenticidad de los hechos?
– No con exactitud, pero me los han reportado de fuentes fiables… –respondió el aspirante a criticón.
Interrumpió Sócrates:
– Veamos el segundo tamiz, que es la bondad. O sea, ¿lo que piensas decirme está impregnado de bondad y es para bien?
El indiscreto visitante vaciló…
– No, no es particularmente bueno, pero es que…
– Veamos qué pasa con el tercer tamiz. Sinceramente, amigo, ¿por qué te empeñas en contarme eso que te pone tan nervioso? ¿Por qué dar una patada a un perro muerto? ¿Qué necesidad tienes de contármelo? El tercer tamiz es la necesidad…
– Tampoco es necesario –argumentó nuestro chismoso.
Sócrates, sonreía y exclamó:
– Pues si lo que deseabas decirme no es ni verdadero, ni bueno, ni necesario, ¿por qué complicarte la vida con ello?
AMIGO: Sócrates no era cristiano; pero de haberlo sido, ¿qué diría a tantos cristianos chismosos de hoy en día?
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La muerte y la vida están en poder de la lengua; Y el que la ama comerá de sus frutos Proverbios 18:21
No es natural que nuestra lengua hable cosas buenas, provechosas, nutrientes, palabras de edificación y crecimiento. Debido a la naturaleza caída del hombre, la lengua tiende a hablar lo que es malo, dañino, doloroso, perjudicial. Al hombre (genérico) le fascina dar malas noticias, chismear, criticar, expandir la falta de los otros frente a los demás. Lo natural es que de nuestro corazón salgan resentimientos, amarguras, quejas, envidias, prejuicios contra otros, sobre todo si las cosas no salen como yo quiero. “Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido a sujeción del pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo; ni lo que quiero, hago; antes lo que aborrezco, aquello hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no obro aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí (es a saber, en mi carne) no mora el bien, porque tengo el querer, mas efectuar el bien no lo alcanzo. Porque no hago el bien que quiero; mas el mal que no quiero, éste hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo obro yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí… Mas veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi espíritu, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros” (Romanos 7:14-23).
Debemos recordar que la lengua utilizada en contra de la voluntad de Dios es como un mundo de maldad que incendia la rueda misma de la creación. La lengua es capaz de ser utilizada para dar latigazos en forma de crítica, levantar calumnias, esparcir rumores, establecer litigios y mantener en zozobra la paz de los hermanos (Santiago 3:5-6). La Biblia dice: “De la abundancia del corazón habla la boca”.
Un corazón lavado por la sangre de Jesucristo, bautizado y habitado por el Espíritu Santo, rebosante del amor de Dios Padre derramado en él, movilizará su lengua para alabanza de Dios y edificación de los hombres. Una lengua santificada no se prestará para cortar como corta el cuchillo, ni para azotar como lo hace el látigo, ni para incendiar como quema el fuego.
Cuando uno que se dice cristiano entrega su lengua al chisme, a la crítica destructiva, a perpetuar rumores y a acusar a los hijos del Señor, lo único que hace es apoyar la causa de Satanás poniéndose como pie de amigo que le sirve de sostén. Satanás es el enemigo de Dios y la Biblia lo identifica como el acusador de los hermanos (Apocalipsis 12:10). Quien utilice su lengua para mal podrá romper en un segundo amistades de largos años, arruinar la vida de un siervo fiel, quebrantar corazones más nobles que el de él, fomentar odios y animosidades entre gente y gente, sembrar raíces de amargura entre hermanos, fulminar el gozo espiritual y destruir la unidad de congregaciones.
Una lengua chismosa es espejo de un alma pequeña, que lleva a duras penas un cadáver grande y refleja a los que tienen nombre de que viven, mas en realidad están muertos; a los que tienen apariencia de piedad, mas sus dichos y hechos niegan la eficacia de ella.
¿Está nuestra lengua santificada? ¿La mantenemos bajo sujeción? ¿Somos amos o esclavos de nuestra lengua?
“Si alguno piensa ser religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino engañando su corazón, la religión del tal es vana” (Santiago 1:26). ¿Es su lengua un arma de fuego o bálsamo refrescante?
Pongamos nuestra lengua al servicio de Dios: Testificando de Él, edificando el Cuerpo de Cristo, alabando y glorificando a nuestro Señor y Salvador.
Joel Sandoval Henríquez
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Biblia XVI
Esdras
Esdras, descendiente de Aarón, como maestro de la ley, es el gran reformador religioso del pueblo judío y un celoso custodio de la Torá o ley mosaica. Se interesa especialmente por la restauración de la vida religiosa. Su nombre da título a esta obra que es el primero de los seis libros escritos después del cautiverio y que se refieren al pequeño resto del pueblo hebreo que eran los únicos que tenían un corazón para Dios.
Relata este libro el regreso a Palestina –por decreto de Ciro y bajo la dirección de Zorobabel– de algunos de los cautivos israelitas, quienes colocaron los cimientos del Templo en el año 536 a.C. Años después en 458 a.C. Esdras llegó a Palestina y restauró la ley y el ceremonial; a pesar de que la mayor parte del pueblo judío y de los príncipes prefirieron quedarse en Babilonia y Asiria donde estaban prosperando materialmente.
Esdras narra la historia del pueblo hebreo a partir del Segundo Libro de las Crónicas. Debido a la escasa documentación existente de la etapa vivida después del decreto de Ciro este libro tiene un especial valor histórico; por él conocemos el censo de población de los repatriados (caps. 1 y 2), sabemos del restablecimiento del culto (cap. 3:1-7), del inicio de la reconstrucción del Templo y la reestructuración de los muros de la ciudad (cap. 3:8-13, 6.13-15), así como de la creación de una nueva comunidad nacional, verdaderamente regida por la ley de Dios.
Los capítulos 1 al 6 ofrecen una detallada información sobre el período que siguió al retorno a Jerusalén de los israelitas exiliados. Se nos explica como bajo la supervisión y la dirección de Sesbasar y Zorobabel, los repatriados llevaron importantes riquezas (cap. 2:66-69) y, sobre todo “los utensilios de la casa de Jehová que Nabucodonosor se había llevado de Jerusalén” (cap. 1:7). También nos muestra que la alegría del regreso fue pasajera y que el desánimo fue tan grande que provocó la suspensión de la reconstrucción del Templo (cap. 4:24). Vemos finalmente cuan fundamental fue la decidida actuación de Zorobabel, la cual posibilitó que en el año 516 a.C. se celebrase la dedicación del santuario único de Jerusalén.
Los capítulos 7 al 10 nos hablan de la actividad desarrollada por Esdras. Podemos ver la confianza que el rey Artajerjes depositó en él al comisionarle para “visitar a Judea y a Jerusalén” (cap. 7:10-26); y sobre todo la prueba de que Dios puede cambiar el corazón más duro la vemos en el capítulo 7:23 cuando dicho rey escribe: “Todo lo que es mandado por el Dios del cielo, sea hecho prontamente”, lo que le permitió a Esdras hacer frente a difíciles problemas, entre los cuales el más arduo fue conducir a Israel a una profunda reforma de sus valores éticos y religiosos, encaminada a evitar que su fe en Dios se contaminara con elementos extraños e impuros.
Este libro puede dividirse en dos partes:
1. Desde el decreto de Ciro hasta la dedicación del Templo (1:1 – 6:22).
2. El ministerio de Esdras (7:1 – 10.44).
Fernando Torres
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Juventud
Me hablaron de Jesucristo…
Cuando era niño ayudaba a mi padre en la fabricación de puertas y ventanas metálicas. Ese oficio me llevó a conocer diferentes personas en el pequeño pueblo donde crecí. Hubo un señor muy especial llamado Roberto, ya bastante adulto, y ciego, contrataba a mi padre para que le realizara algún trabajo en su casa. Dos cosas de su personalidad llamaban poderosamente mi atención: una era que a pesar de su ceguera total, reconocía por el tacto el valor de cada billete y nunca se equivocaba. La otra era su convicción al hablar, mientras mi padre y yo trabajábamos, el nos predicaba a Cristo. Con mucha dulzura nos habló de su amor, de su sacrificio por la humanidad, de la salvación y de la vida eterna.
Al preguntarle a mi padre porque el señor Roberto hablaba de esa manera, me respondió:
– Ahh, es uno de esos evangélicos locos que no creen en la virgen María.
Al crecer me trasladé a la capital para trabajar con unos amigos. Me olvidé por completo de todo lo que tuviera relación con Dios. Lo único importante para mí eran la diversión, el sexo, el alcohol, el dinero y el baile.
Uno de los muchachos con los que vivía en Bogotá se convirtió en mi mejor amigo y en mi compañero de aventuras en varias ciudades del país. Ese joven tenía una inclinación por todo lo malo. Le gustaba robar, traficar con drogas, falsificar, consumir cocaína, consumir licor… Sin nadie que me alertara, su influencia me estaba arrojando al abismo.
Un día fui a recoger unas mercancías, y al llegar, unos hombres armados se bajaron de un carro y con pistolas en la mano me gritaron:
– Somos la policía, ponga las manos contra la pared.
Al día siguiente estaba recluido en una cárcel junto con mi amigo. Pasé catorce meses conviviendo con todo tipo de delincuentes.
Pero un ex-guerrillero iba cada semana a predicarnos el Evangelio. Allí, por primera vez tuve la oportunidad de leer la Biblia, constantemente. Encontré pasajes hermosos que me hicieron comprender el inmenso amor que Cristo tiene con los que le buscan y le siguen (Juan 10: 27-28).
Después de recobrar mi libertad, me alejé lo más pronto y lo más lejos posible de ese mal amigo.
Acepté un empleo como agente viajero que me ofreció un ex-compañero de la escuela. Renovamos nuestra amistad y viajamos juntos por muchas ciudades de Colombia, y en los largos trayectos, mi buen amigo, Teo, me instruía en el camino de la verdad. Sentados en el autobús el uno junto al otro, empleábamos las horas que duraba el recorrido estudiando la palabra de Dios. Yo formulaba muchas preguntas y Teo las respondía mostrándome pasajes de la Biblia. Escuchando su predicación, mi fe se fue haciendo cada día más fuerte, hasta anidar en lo más recóndito de mi corazón (Hebreos 4: 12).
Alberto Grajales G. (abreviado)
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