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MDP Archivo 2006 Junio 06

Mensaje de Paz
Edición de junio de 2006
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Índice
No están borrachos
Si no nacieres de nuevo
Él me glorificará
El Cantar de los Cantares
Solución de la Sopa de Letras
Los otros


No están borrachos

En el día de Pentecostés los apóstoles, llenos del Espíritu Santo, dieron a conocer en otras lenguas las maravillas de Dios. Algunos oyentes quedaron atónitos y otros se burlaban. Pero Pedro se levantó y dijo: “…estos no están borrachos, como vosotros suponéis… pero esto es lo dicho por el profeta… (en la Biblia, cap. 2 de Hechos).

Amigo lector: ¿Cuál es tu opinión sobre el asunto?

Básicamente hay dos tipos de personas:

A) Los regenerados por el Espíritu Santo. Ellos se saben incluidos en el plan de salvación de Dios. Saben que interiormente, en su corazón, ha habido un cambio radical. Antes eran pecadores perdidos, ahora son salvos por la Gracia de Dios. En otras palabras: Han nacido de Dios.

B) El otro grupo son los que siguen adelante “como todos”, en su “naturaleza pecadora”. Algunos hacen prácticas exteriores, caritativas o mortificaciones. Pero dentro, en su corazón y espíritu, siguen estando lejos de Dios. Tienen “religión”, pero no tienen a Cristo. Ellos, igual que Adán el primer pecador, tendrían que huir y esconderse de Dios. No pueden comparecer ante Él, porque saben que serían condenados.

Hoy, todavía es el tiempo de la Gracia. Todavía es posible arrepentirse de una vida sin Dios. Todavía, por la fe en Cristo, se nace de nuevo…

Que esta edición de Mensaje de Paz anime a muchos lectores a que entreguen completamente su vida a Él. Vivirán personalmente lo que la Escritura promete desde siglos.

Y yo, no estoy borracho al escribirte esta invitación y esta promesa. – ¡Pentecostés debe realizarse en tu corazón!

Juan

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Si no nacieres de nuevo

La Biblia, Evangelio de Juan 3: 1-21, nos presenta el caso de Nicodemo quien conocía mucho de la ley mosaica, pero aún no conocía a Dios como su Salvador personal. Nicodemo viene con algunas inquietudes y establece un dialogo con Cristo, quien le declara: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios”. Cristo nos dice que Nacer de Nuevo es una necesidad vital, ineludible, urgente y absoluta para el hombre. El sentido más original de Nacer de Nuevo viene de “nacer de arriba” o “nacer de lo alto”. Luego Cristo le amplía este concepto y le dice a Nicodemo: “De cierto, de cierto te digo que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios”.

Para ser espiritual, es decir, salvado de tus pecados y tener libre acceso al reino de Dios, es necesario primeramente nacer del Espíritu, “porque lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (Juan 3:6) El mismo pasaje define lo que somos: carne. El alma del hombre es una sustancia espiritual, pero tan dominada por la voluntad carnal después de la caída del hombre, que justamente entra también bajo el apelativo de “carne”. Podemos entonces preguntarnos: ¿qué comunión cabe entre Dios que es Espíritu y un alma en condición carnal?

¿Cómo hemos llegado a ser carne? Porque nacimos de la carne. Nuestra naturaleza está corrompida desde el seno materno como el rey David lo afirma: “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre” (Salmo 51:5, también Efesios 2:3).

De algo concebido en pecado, no puede salir nada limpio a los ojos de Dios, y Job 14:4 nos lo confirma: “¿Quién hará limpio a lo inmundo? Nadie.” Si la naturaleza de nuestro primer nacimiento es carnal, es preciso y urgente entonces obedecer sin duda alguna el consejo de Cristo a Nicodemo: “Os es necesario nacer de nuevo”. Pablo, el apóstol, por inspiración divina no sugiere amablemente, sino aún más, imperativamente ordena a todos los hombres y mujeres cuando escribe: “Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos” (Hechos 17:30). Si Nicodemo pudiese entrar por segunda vez en el vientre de su madre y nacer de nuevo ¿de qué serviría? Aun si naciese cien veces del vientre de su madre, en nada podría corregir la realidad del pecado que mora en su carne, pues todavía “lo que es nacido de la carne, carne es.” La profunda depravación de nuestra pecadora naturaleza humana al ser expuesta frente a la infinita santidad de Dios explica por qué se pone tanto énfasis en la necesidad de “nacer de nuevo” o “nacer de lo alto”.

El milagro de experimentar el Nuevo Nacimiento se materializa una vez y para siempre al aceptar el pecador la obra redentora y salvífica realizada por Cristo a favor nuestro. La persona del Espíritu Santo interviene orientando el entendimiento del pecador hacia la luz de Cristo. Usted no lo verá, pero sí verá sus resultados: se transforma al ladrón en honrado, al inmoral en moral y respetuoso, al alcohólico en un hombre sano, al drogadicto en restaurado. Una vida sumergida en la ignorancia, la oscuridad y el crimen producidos por el pecado, por quien nadie daba ni siquiera un peso de valor, ahora es regenerada, transformada y rescatada de las tinieblas a una nueva vida de luz, profunda paz, conocimiento, santidad y vida eterna en y por Jesucristo.

El Nuevo Nacimiento “no es engendrado por sangre, no es de voluntad de carne, ni voluntad de varón, sino de Dios” (Juan 1:13). Amigo o amiga que nos lees, en actitud humilde, pide a Dios que abra tu comprensión para poder conocer la realidad que es que tu pecado te separa de Dios. Si confiesas tu condición de pecador, pides perdón por todos tus pecados, te arrepientes y crees que la muerte de Cristo te representa y que Su sangre preciosa derramada en la cruz te limpia de todo pecado, podrás entonces hacer tuyas las palabras de Juan 1:12: “Mas a todos los que lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad (autoridad) para ser hechos (constituidos) hijos de Dios”. Apropiándote de la obra que Cristo realizó por ti en el Gólgota podrás tener libre acceso al reino de Dios.

¿Cómo puedes conocer tu propia realidad ante Dios? Acudiendo a beber de las frescas aguas de Su Palabra, la Biblia, “siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la Palabra de Dios que vive y permanece para siempre” (1Pedro 1: 23), y con humildad pide a Dios para que a través de la persona del Espíritu Santo te suministre luz y entendimiento “de arriba” para entender y aceptar aquí abajo, donde tú te encuentres ahora mismo, la salvación que viene de lo Alto.

“El que en Él cree no es condenado; pero el que no cree ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios” (Juan 3: 18).

Andrés Carrasco

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El Espíritu Santo

Él me glorificará

“Cuando venga el Espíritu… él me glorificará, porque tomará de lo mío y os lo hará saber…” (Jn 16:14).

En estas palabras vemos el propósito del Espíritu Santo cuando viene, y lo bien definida que está su obra.

El Señor Jesús regresó al cielo y desde entonces no ha sido visto más entre los hombres, pero sí, el Espíritu de Dios, o sea el Espíritu Santo, está entre nosotros –o mejor dicho en nosotros. Él es invisible, pero es una realidad para los que creen en Jesucristo.

Una tarea importante del Espíritu Santo es glorificar a Jesucristo. ¿Y en qué manera cumple con esta tarea? Jesucristo lo explica: “tomará de lo mío y os lo hará saber”. Pues el Espíritu Santo da al hombre lo que es de Cristo, y también dirige la atención de los humanos hacia Jesús. Concretamente podemos ver su obra en varios pasajes en el libro de los Hechos donde los apóstoles y otros predicaron a Cristo. Jesucristo fue la sustancia de su ministerio y de su doctrina. Esto era “normal”, pues estaban “llenos del Espíritu Santo”.

Además el Espíritu de Dios, si mora en nosotros, nos da el deseo de colaborar en Su obra. Por esto amamos tanto hablar de Quien nos amó, y decir a la gente que a nosotros nos ha lavado de nuestros pecados con Su sangre. Podríamos revelar sabiduría, enseñar buenas doctrinas, enfatizarlo todo desde varios ángulos teológicos, pero si todo esto no tiene por meta la glorificación de Cristo, entonces no sirve para nada porque no actuamos movidos por el Espíritu de Dios, sino por nosotros mismo o por otro espíritu.

Toda la Biblia –Antiguo y Nuevo Testamento– está llena de Cristo, desde las túnicas de pieles en Génesis cap. 3 hasta al saludo final en Apocalipsis 22. ¡Todas las Escrituras fueron inspiradas por el Espíritu de Dios (2Ti 3:16; 1P 1:10-11) y por esto revelan y glorifican a Cristo!

Queridos hermanos: No se dejen engañar. Donde se habla siempre del espíritu y de sus facultades o milagros, donde se le exalta y glorifica sobremanera, es muy probable –o cierto– que allí no esté obrando el verdadero Espíritu de Dios, sino otro espíritu, un engañador. Fíjense también que las Escrituras nunca mencionan algún “espíritu de Pentecostés” sino “todos fueron llenos del Espíritu Santo”; y lo que comenzaron a hablar en otras lenguas no fueron “tonterías”, sino: “A este Jesús resucitó…” y siguen siempre y únicamente revelando a Cristo (Hch 2). La Biblia avisa: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios, porque muchos falsos profetas han salido por el mundo” (1Jn 4:1).

Al recibir la revelación de Apocalipsis, el apóstol Juan, “estando en Espíritu” oyó detrás de sí una gran voz. ¿Quién era? ¡Jesucristo, ya que el Espíritu está siempre junto a Cristo! “Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último…”. Hermanos, démosle la honra todos unidos cantando junto con el Espíritu Santo: “Al que nos ama, nos ha lavado de nuestros pecados con su sangre y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre, a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén” (Ap 1).

Juan

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Serie Biblia XXIII

El Cantar de los Cantares

Este libro data de los años 965 al 950 a.C. Su título es la traducción del hebraísmo “shir hashirim” que significa “el más bello de los cantares” o “el canto más excelente”. Es simplemente una conversación poética cantada entre el amado y la amada –con ocasionales intervenciones de un coro, donde de forma diáfana, ingenua y casta se desarrolla el amor matrimonial en forma incorrupta, tal como Dios lo estableció en la Creación (Génesis 2.25). Este diálogo poético comienza expresando la esposa el deseo de ser besada por su esposo, quien –mediante comparaciones propias de la época– la alaba espléndidamente, volcándose ambos en tiernas y apasionadas confesiones de recíproca necesidad. La gran altura literaria de este poema permite mostrarnos amor idílico, congoja, dicha y deseo vehemente entremezclados.

Este libro básicamente plantea de forma sencilla, pura y transparente el tema del amor matrimonial entre un hombre y una mujer. Algunas de sus comparaciones y descripciones pueden actualmente perecernos procaces, sin embargo, en el momento histórico en que fueron escritas eran parte de los cantos nupciales que el pueblo hebreo entonaba simple y llanamente al desposarse unos enamorados. Esta ceremonia nupcial duraba una semana y los novios, así como los parientes e invitados bailaban y cantaban himnos de bodas arraigados en la cultura y literatura hebraica desde siglos anteriores.

En el transcurso de los siglos el ascetismo tradicional ha interpretado esta joya metafórico-literaria de la cultura hebrea bajo tres criterios estrictamente religiosos, a saber: Primero; el judaísmo lo interpretó como una glorificación del pacto de Dios con Israel (Éxodo 19:5). Segundo; la iglesia cristiana lo entendió como Cristo esposo de la iglesia celestial (Efesios 5:25). Tercero; el misticismo filosófico-religioso lo describió como exponente del vínculo entre el alma del creyente y Dios por mediación del amor (Mateo 22:37).

En el texto hebreo original la preposición que aparece en el título del poema (1:1) puede significar “de”, “dedicado a” o “acerca de” Salomón. No obstante, la tradición religiosa ha considerado a este gran rey como el autor del libro.

El libro puede dividirse en seis cantos, a saber:

1. Mutuas confesiones (1:1-2:17)

2. Esponsales (3:1-5:1-)

3. Separación (5:2-5:16)

4. Búsqueda (6:1-6:3)

5. Reencuentro (6:4-8:9)

6. Felicidad (8:10-14)

Fernando Torres

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Solución de la Sopa de Letras

del mes de mayo

“Para Dios somos grato olor de Cristo entre los que se salvan y entre los que se pierden” (2Corintios 2:15).

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Los otros

El Señor nos dejó un mandato, no fue una sugerencia: Id y predicad el evangelio a toda criatura. Todo lo que necesitamos para cumplir lo que llamamos “la gran comisión” Dios nos lo provee a través de su Palabra.

Además Jesús prometió que mientras él no estuviera con nosotros, nos enviaría al Espíritu Santo para que nos enseñe todas las cosas. Dice Dios en Hechos 2:17: “y en los postreros días, derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán...”

Es apasionante y entusiasma saber que hay todo un campo dispuesto para desarrollar la obra que Dios nos confió.

Asistimos a la Iglesia y salimos del servicio dominical con muchas ganas de predicar la salvación de Jesucristo a quien se nos cruce. A veces –y en algunos cristianos– el problema es cuando realmente alguien se nos cruza. Entonces comienza el temor, el miedo al qué irá a pensar de mí. El dejarse llevar por la conversación en la que esa otra persona nos involucró, y hasta el punto de olvidarnos lo que habíamos escuchado en la Iglesia.

Esto deja en el alma del cristiano una culpa grande por no haber sabido aprovechar la oportunidad.

Amigo, amiga, si alguna vez te ha pasado esto, déjame decirte que el enemigo está muy feliz de que así sea.

Atiende, no te digo que andes por ahí dando gritos a todos los transeúntes de que Jesucristo vive, como hacen algunos hermanos, a quienes no reprocho, pero creo que hay muchas formas de predicar la salvación sin temor a los otros.

Una de ellas es identificándote como cristiano dentro de ti mismo, esto es pensando como cristiano, es decir, acorde con la Palabra de Dios. Si comienzas a pensar como Cristo piensa en su Palabra, esos pensamientos se transformarán en conductas, que es lo que en definitiva predica más que nuestros argumentos.

Nútrete en la Palabra de Dios, comienza a actuar acorde con lo que en ella dice y serás un gran mensajero/a de la Gracia. Recuerda, alguien dijo alguna vez que nosotros somos la Biblia que los otros leen a diario. Y que: debemos predicar siempre, a todos, de todas maneras y... si es necesario usando las palabras.

¡Dios te bendiga!

Hugo Alberto Díaz

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