Se cuenta que en la estación donde el célebre Albert Einstein cada día tenía que tomar el tren, una tarde, tímidamente se le acercó un niño. Ese chico le pidió que le explicara un problema de matemáticas que formaba parte de sus tareas escolares. Y ese gran hombre, sonriente aceptó.
Nos imaginamos como el profesor de física más célebre del mundo, allí en un banco del andén, en medio del ir y venir de la multitud, tuvo a bien conceder su atención a ese niño. Seguramente el niño estaba muy feliz por la ayuda más competente.
Era atrevida la actitud del chico, es verdad. Pero sabía que se dirigía a aquél que, mejor que nadie, era capaz de ayudarle. Y no fue defraudado.
¿No es este incidente una buena ilustración de cómo todos nosotros deberíamos ser aún más atrevidos para acercarnos al Dios omnisciente y todopoderoso? Él nos escuchará.